Se llamó Huberto Rivero Menéndez y fue uno de los personajes más singulares que alguna vez vivió en nuestra ciudad. Sin embargo, hoy ya nadie lo recuerda.
Sus versos, los más bellos que se hayan creado, según aquellos que alguna vez lo escucharon recitar, ya han sido olvidados.
Porque Rivero Menéndez fue un poeta muy particular. La poesía era tan natural en él como la respiración, pero también igual de efímera.
Nunca puso por escrito los versos que salían de su boca. Era un recitador espontáneo y compulsivo. Su fabulosa obra fue casi tan voluminosa como el número de palabras que dijo a lo largo de su vida.
Para Rivero Menéndez todo era poesía. Hasta los insultos salidos de sus labios tenían un indescifrable vuelo poético.
Tal vez por ese exceso de poesía es que ha sido olvidado. Ni siquiera los memoriosos recuerdan alguna de sus rimas.
Ya nada queda de Rivero Menéndez, ni siquiera hijos, porque al poeta no le gustaban las mujeres.
Murió, a los 59 años (muy joven, según la definición de uno de sus también olvidados amigos). La muerte del poeta fue tan insólita como su vida. Durante uno de sus maratónicos recitales de poesía se ahogó con sus propias palabras y no hubo forma de que volviera a respirar.
Según el forense, murió de un síncope. Rivero Menéndez debió reír en el cielo (o el infierno), porque esa era una de sus palabras preferidas y con ella podía rimar el verso que había comenzado antes de atragantarse.

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©  Juan José Flores, 2021
Este texto pertenece al libro Cuentos para leer en el Smartphone, publicado originalmente como ebook en 2016. Se publica ahora exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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