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18 de abril de 2004

Cuento> La trasmigración de Washington Peralta

Ya he escrito aquí sobre Washington Peralta, el olvidado filósofo callejero y autor del estudio "La indiferencia como carácter predominante del ser necochense". Este libro permanece inédito y, aunque circulan algunas copias de dudosa autenticidad, se desconoce la suerte del manuscrito original, al igual que de su autor.
Porque Washington Peralta (a pesar de que algunos dicen que murió) desapareció a fines del año pasado. Desde entonces se han creado infinidad de versiones sobre su destino.
Aunque "infinidad" es una palabra demasiado generosa, teniendo en cuenta que el filósofo nunca fue reconocido como tal, ni siquiera por su madre.
Sólo un puñado de sujetos tan extraños como él (entre los que me incluyo) conocían su obra. Y algunos de ellos copió el manuscrito de Peralta y lo difundió entre ese estrecho círculo de admiradores.
Fueron ellos quienes crearon las extrañas historias que ahora circulan sobre el autor. En especial aquella que lo compara con Fulcanelli, el alquimista que escribió "El misterio de las catedrales", que también desapareció sin dejar rastro.
Para apoyar esa fantástica versión, algunos utilizan como fundamento de su razonamiento un texto supuestamente tomado del Necronomicón, que aparece en "El horror de Dunwich", de Howard Lovecraft:
"Tampoco debe pensarse que el hombre es el más antiguo o el último de los dueños de la tierra, ni que semejante combinación de cuerpo y alma se pasea sola por el universo. Los Ancianos eran, los Ancianos son y los Ancianos serán. No en los espacios que conocemos, sino entre ellos. Se pasean serenos y primigenios en esencia, sin dimensiones e invisibles a nuestra vista".
Según sus seguidores, Peralta encontró el pasadizo hacia esos espacios, al igual que Fulcanelli y el no menos fantástico conde de Saint Germain.
Si fuera así, se habría convertido en inmortal, pese a ello, para la mayoría de los necochenses seguirá siendo un desconocido y, para los que lo conocieron, un personaje insignificante.

12 de marzo de 2004

Manifiesto del fabulador

Yo no puedo escribir sobre el señor de la esquina sin inventarle un misterio.

*

No puedo escribir sin imaginar un crimen detrás de cada puerta.

*

No puedo escribir sobre un personaje puro e inocente sin dotarlo de un oscuro secreto

*

Y en cada misterio, cada crimen, cada secreto, me escribo a mi mismo.