Resumen: En su celda, antes de ser fusilado, el viejo soldado Juan Baigorria recuerda una expedición por el desierto y la noche que bebieron las aguas del Colonquelú (Lee el capítulo 1)

Capítulo 2

En ese momento escuchamos un galope. Hombres y caballos se inquietaron, pero quien se acercaba era el lenguaraz, un mestizo grandote que parecía más indio que cristiano.
    Bajó del caballo a la carrera y le dijo al mayor Hierro que la indiada estaba cerca. Las tolderías se encontraban ubicadas aguas abajo, explicó.
    Los milicos estábamos inquietos y no hubiéramos dudado en atacar inmediatamente, pero los oficiales nos contuvieron y nos dieron instrucciones para atacar a la mañana siguiente. Nos dividiríamos en dos grupos, uno llegaría a las tolderías por el Sur y el otro cruzaría el río y atacaría por el Norte.
    Aquella noche infernal apenas pude dormir, tuve horribles pesadillas en las que soñé con un arroyo lleno de víboras, perros rabiosos y caballos con agujeros que dejaban sus entrañas al descubierto.
    Desperté extrañamente fresco, como si hubiera dormido toda la noche.
    Apenas empezaba a clarear por el Este cuando la milicada se levantó casi al unísono, sin que los oficiales tuvieran que dar órdenes.
    En silencio calamos bayonetas y nos pusimos en marcha. A nadie pareció importarle salir sin siquiera tomar un mate.  Una sola mente parecía gobernar al grupo. Cada uno tomó su lugar y en determinado momento el cuerpo se dividió en dos para rodear a los indios.
    El cielo comenzaba a ponerse rojo cuando vimos los cueros de las tolderías. En el último trecho cabalgamos como si nos llevara el diablo.
    El estruendo del galope despertó a algunos indios, que a los gritos intentaron alertar a sus familias, pero fue demasiado tarde.
    Fue una matanza. No hubo tiempo para la batalla. Nos dedicamos a romper, cortar y destripar sin contemplación a hombres, mujeres, niños, viejos… Los que murieron inmediatamente tuvieron suerte, para otros la agonía se extendió durante horas. No quiero ni recordar las cosas que les hicimos. Al final los matamos a todos, ni uno logró huir.
    A pesar de mis escasos 20 años, yo había estado en muchas batallas, pero jamás viví un infierno semejante. Y nunca pensé que yo mismo sería un instrumento del demonio en ese caldero que algunos llamaban Colonquelú.
    Aún hoy no puedo creer lo que hicimos y pienso que no éramos nosotros. Estoy seguro de que había algo en el agua, algo monstruoso. Algo que nubló de rojo nuestros ojos.
    Con el paso del tiempo, muchos de los soldados que estuvieron esa madrugada en Colonquelú enloquecieron. Muchos se quitaron la vida, porque no soportaban soñar cada noche con aquella matanza. Otros, los más duros, sobrevivieron tratando de olvidar las barbaridades cometidas contra esas zaparrastrosas familias indias.
    Han pasado dos décadas desde aquella matanza y aún siento en la boca el sabor terroso de esas aguas. Dicen que después del genocidio los colonos de la zona dejaron de llamar Colonquelú a aquel arroyo y comenzaron decirle Calaveras, por la cantidad de osamentas que quedaron blanqueando en ese riachuelo.


--
©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

Deja tu comentario

Los comentarios que contengan spam serán eliminados

Artículo Anterior Artículo Siguiente