18 de abril de 2021

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Agua de muerto: Capítulo 3


Resumen: Décadas después de la matanza de Colonquelú, una pareja muere en el arroyo Colonquelú y dejan a un niño huérfano (Lea el capítulo anterior)

Después de la conmoción que les provocó hallar el pequeño cuerpo del niño, lo sacaron del agua y lo dejaron en la orilla, boca abajo.
Estaban seguros de que estaba muerto y no querían ver su rostro descompuesto o devorado por los cangrejos.
El niño había desaparecido hacía siete días. En ese lapso nadie supo nada de él hasta aquella mañana, cuando el viejo Romero vio el cuerpo flotando en el arroyo.
Aquel hombre se había acostumbrado a la vida apacible del campo. En sus 60 años tuvo muy pocas emociones fuertes y el hallazgo del cuerpo del niño fue la más dura que le tocó vivir.
No se animó a sacarlo del agua. Taloneó a su vieja yegua y salió al galope hacia el caserío. En 10 minutos que le parecieron eternos llegó al almacén de ramos generales de don Sepúlveda. Allí había teléfono y llamaron de inmediato a la Policía.
Uno de los hijos del bolichero subió a su caballo y corrió a avisarle a la familia del niño.
Media hora después varios hombres llegaron al arroyo. El primero fue el oficial Salvatierra, en un móvil destartalado, desde el destacamento de Juan N. Fernández. Luego el viejo Romero, bajo un evidente estado de shock.
Después, en un auto, llegó Pedro Felder, tío del niño. El hombre no podía bajar del coche y tuvieron que ayudarlo y sostenerlo. Un año antes, su hermana Susana Felder y el esposo de ella, José Piedra, padres del pequeño, murieron ahogados en ese mismo arroyo.
Entonces, Pedro se había hecho cargo del niño, al que amaba tanto como a sus cuatro hijos.
El único que se animó a acercarse al arroyo fue el oficial Salvatierra. Era un hombre bajito, pero fornido. En sus años de policía había visto muchas muertes violentas, pero aquello era diferente, conocía al niño que flotaba en el agua.
Cuando se metió al arroyo y tomó el cuerpo, le llamó la atención lo liviano que era. Lo dejó en la orilla, boca abajo, porque no tuvo valor de darlo vuelta. No quería ver su pequeño rostro.
Todos estaban seguros de que estaba muerto. Desde que el viejo Romero lo había encontrado flotando en el arroyo ya había pasado más de media hora. Pero cuando todos estaban allí, sin saber qué hacer, vieron que debajo del cuerpo comenzó a formarse un charco de agua.
Salvatierra pensó que el cuerpo había estado mucho tiempo en el agua, por eso debía estar lleno de líquido. Sin embargo, estaba tan liviano. “Tal vez se ahogó hace muchos días”, pensó el milico.
Mientras, el tío del niño lloraba desconsolado, sostenido por uno de sus hijos.
“Primero tu mamá y ahora vos”, decía entre sollozos Pedro. 
El pequeño Nahuel sólo tenía cinco años cuando murieron sus padres a unos kilómetros de allí. El hombre pensó que aquello había sido demasiado para el chico.
“¿Por qué no me llevaste a mí, Dios mío?”, sollozó el hombre. A pesar de que aún le quedaban cuatro hijos, sintió que con la muerte del pequeño, su vida dejaba de tener sentido.
En parte era su culpa, porque siempre supo que aquella tierra estaba maldita, en especial aquel arroyo y, a pesar de todo, se había quedado a vivir allí. Si se hubiera ido, como lo pensó tantas veces, tal vez su hermana y su sobrino ahora estarían vivos.
El arroyo, que se llamaba Calaveras, por una matanza de indios que había hecho el Ejército antes de la Conquista del Desierto, tuvo otro nombre: Colonquelú. En araucano esa palabra significa “donde hubo otra muerte”.
Y el maldito arroyo se seguía cobrando vidas. Su hermana y su cuñado primero y luego su sobrino. Ahora entendía lo que hacía muchos años le había dicho un indio viejo que apareció en el pago.
Pasaron tantos años desde aquella charla, pero aún recordaba cada palabra.
Pedro Felder había nacido en Alemania en 1890 y venido a la Argentina cuando era niño. A los 20 años abandonó los negocios familiares para salir en busca de su propio destino en los campos del sudeste bonaerense.
En aquellos años los indios parecían haber desaparecido, por eso, cuando el viejo puelche llegó al puesto en el que Pedro trabajaba, una tarde de abril de 1910, los gauchos se asustaron, a pesar de que por su edad ninguno había vivido bajo el terror del malón.
El indio montaba un caballo flaco que parecía tan viejo como él. Tanto el animal como el jinete estaban untados en grasa, lo que generó la inmediata reacción de los perros y la huída de los caballos.
El viejo no llevaba más armas que un cuchillo y unas boleadoras. Se acercó al puesto a pedir agua. De los cuatro peones que estaban allí, el joven Pedro Felder fue el único que no pareció inquietarse. Tal vez los otros temían que el viejo tuviera alguna enfermedad o pensaron que ese indio huesudo y casi centenario iba a atacarlos.
O quizá fue porque Felder nunca había visto un indio y la curiosidad pudo más que el miedo. Si bien había nacido en Alemania, Pedro se sentía tan argentino como cualquier criollo. Por eso, a pesar de lo amenazante que podía parecer aquel huesudo habitante de las pampas, sintió inmediatamente un profundo respeto por el viejo.
“¿Tenés hambre, viejo? Aún nos quedan unos pedazo de asado del mediodía”, le dijo al insólito visitante. Mientras, los otros peones, comenzaron a retroceder lentamente hacia el rancho.
“¿El agua que toman es del pozo?”, dijo el viejo, señalando el jagüel.
Cuando Pedro asintió, el indio le pidió agua.
La edad de aquel hombre era incierta. En la cara morena y arrugada, resaltaban unos ojos pequeños y brillosos. Tenía el pelo largo y blanco. El cuerpo flaco estaba cubierto con un cuero y llevaba un chiripá deshilachado.
Los dedos de los pies se podían ver a través de unas improvisadas botas de cuero de vaca.
Pedro le alcanzó un jarro con agua y entonces el viejo dijo:
“M’hijo, nunca tomes agua del arroyo, está maldito, como todo este lugar”.
Felder no entendió entonces lo que el indio le decía. Había escuchado que Colonquelú significaba “otra muerte” en algún dialecto aborigen y también que en aquel lugar se produjo una gran matanza durante la guerra del desierto.
“Esta tierra es muy vieja. Antes que la gente caminara por este país, vivían aquí espíritus malos”, dijo el indio. “Y aún están aquí. En el agua y en las piedras”.
Un escalofrío recorrió el espinazo de Felder. Ya no sentía interés en aquel viejo ni en nada que tuviera que ver con los indios.
Pero nunca pudo olvidar aquellas pocas palabras. Años después supo que aquel indio era uno de los pocos sobrevivientes de la raza de los puelches o pampas serranos, los indios que vivían en la provincia de Buenos Aires antes de las invasiones de las tribus chilenas mapuches que masacraron a los pueblos originarios y luego le hicieron la guerra a los primeros colonos y al Ejército argentino.
Aquella tierra estaba maldita y Pedro Felder recién comprendió la verdad de esa afirmación tras la muerte de su hermana y la desaparición de su sobrino.
Hasta la desaparición del niño, siete días antes, Pedro pensó que ya había sido suficiente, que los antiguos espíritus no podía seguir ensañándose con su familia.
Se había equivocado y ahora el cuerpo de Nahuelito yacía inerte, junto a las aguas del Colonquelú.
Entonces escuchó la exclamación de terror del viejo Romero: “¡Estaba muerto, estaba muerto!”.
Miro hacia la orilla del arroyo y vio que el cuerpo del pequeño se retorcía en una convulsión. Nadie se animó a acercarse.
Se escuchó entonces una tos seca y el niño se volteó, justo a tiempo para que los hombres vieran cuando un pequeño cangrejo del arroyo salía de su boca.
Al ver el insecto, el pequeño pareció despertar de un sueño y comenzó a gritar enloquecido. 

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra



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Acerca de Admin -

Dibujante, periodista, blogger y escritor. Recientemente publicó en Amazon, en formato electrónico, la novela Horror en Colonquelú y la antología Cuentos para leer en el smartphone.

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