Reumen: Antes de ser fusilado, el viejo soldado Juan Baigorria recuerda la noche que bebieron las aguas del arroyo Colonquelú y la matanza y las barbaridades que su regimiento realizó después en una toldería mapuche  (Lee el capítulo 2)

Capítulo 3

Hace unas semanas, cuando ordenaron al coronel Hierro marchar hacia Bahía Blanca y me incorporaron a la partida, tuve un mal presentimiento.
    No veía a Hierro desde la matanza de Colonquelú, cuando aún revistaba como Mayor.
    Si me reconoció, no lo demostró. Los primeros días de marcha, todo se desarrolló con normalidad. No vimos ni un indio en la Pampa.
    Pero una tarde llegamos al arroyo maldito. Detrás de una lomita la huella comenzaba a bajar hacia el riachuelo. Yo marchaba a unos 30 metros del coronel, junto a la milicada, pero podía ver la espalda erguida de Hierro y su quepis.
    En determinado momento el coronel se detuvo de golpe, sin hacer ni una señal ni dar orden alguna. El capitán levantó la mano ordenando detener la marcha y hubo una nerviosa marea de hombres y caballos que estuvo a punto de embestir al coronel y empujarlo en bajada.
    Hubo relinchos, corcoveos y maldiciones, pero finalmente el grupo logró detenerse, mientras todos miraban hacia los cuatro puntos cardinales en busca de algún peligro oculto.
    Pero no había nada, sólo el arroyito allá abajo. Confieso que me costó reconocerlo. En el medio de la Pampa todos los arroyos son iguales. Algunos más anchos, otros apenas un hilo de agua, pero en medio de los pajonales todos se parecen.
    Tal vez por eso el coronel sólo lo reconoció a último momento, cuando sólo se hallaba a unos 30 metros.
    Los que estaban más cerca dijeron que de los labios del hombre sólo escapó una palabra: “Colonquelú”.
    Después se dio vuelta lentamente, encorvado sobre el caballo. Nos miró como si de pronto se diera cuenta de que no estaba sólo, como si lo hubiéramos estado acechando y nosotros fuéramos el enemigo.
Era un hombre viejo, pero hasta ese momento no lo habíamos notado. Echó mano a la espada y su rostro se convirtió en una mueca bestial.
    Confieso que tuve miedo y tal vez muchos de los otros milicos también, porque instintivamente tiraron de las riendas, para hacer retroceder a sus caballos.
    Pero el coronel no nos atacó. De un manotazo torció las riendas y azuzó a su fantástico corcel con las espuelas. El caballo pareció pegar un salto y salió disparado hacia el arroyo.
Pero al meterse al agua el animal asustado se plantó y el coronel salió despedido y cayó de cabeza al arroyo.
    En otras circunstancias los milicos no hubieran podido contener la carcajada, pero todo sucedió tan de repente que sólo atinaron a echar manos a las empuñaduras de sus espadas y cuchillos y a mirar otra vez en todas direcciones, para ver si había indios acechando por algún lado.
    El primero en reaccionar fue el capitán, pegó el grito al milico más cercano:
    —¡Métase al agua, carajo! ¡Ayude al coronel!.
    Varios soldados desmontaron apurados y corrieron hacia el arroyo. La correntada comenzaba a arrastrar al coronel, que aterrorizado levantaba los brazos pero no atinaba a nadar, aunque todas sabíamos que era un hábil nadador.
    Los milicos más jóvenes y atrevidos se tiraron de cabeza al agua y no tardaron en manotear al viejo y sacarlo a la orilla.
    En vista de la situación, el capitán tomó el mando. Ordenó al lenguaraz que con dos soldados avanzara unas leguas para reconocer el lugar. Envió a los milicos más viejos a montar puestos de vigilancia y dispuso al resto de la tropa a prepararse para levantar campamento, aunque decidió esperar hasta recibir el informe de posición del lenguaraz para armar las carpas.
    En tanto, el viejo coronel temblaba presa de un ataque repentino de fiebre. Con un milico muy jovencito regresamos por la huella y subimos la loma. Desde allí podíamos ver hacia los cuatro puntos cardinales.
    Si bien yo era apenas diez años más joven que el coronel, todavía me mantenía ágil. Me subí al lomo del caballo y parado sobre la montura, como hacen los indios, comencé a otear el horizonte.
    El lugar era como la mayor parte de aquella tierra maldita por la que peleábamos desde hacía años: llano cubierto de pajas bravas, cardos y malas hierbas, algún ombú a lo lejos y un cielo enorme que lo aplastaba todo.
    No se veían ni polvaredas, ni desbandadas de pájaros, lo que podía alertar sobre la presencia de indios. Como desde allí podía ver todo, indiqué a los otros milicos donde instalar los puestos de vigilancia.
    Mientras tanto, junto al arroyo, el milico que cumplía la función de “matasano”, trataba de ayudar al viejo coronel. El diagnóstico: “fiebre cerebral”. Era una forma bondadosa de decir que el hombre había enloquecido o de reconocer que el supuesto médico no tenía idea de lo que ocurría.


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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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