Agua de muerto: Capítulo 4


Resumen: Poco después de los incidentes que lo llevaron a la cárcel, el soldado Juan Baigorria recuerda cómo el destino lo llevó otra vez al arroyo Colonquelú, donde muchos años antes el ejército masacró a varias familias indias (Lee el capítulo 3)

Capítulo 4

Poco después regresó el lenguaraz y estuvo un rato hablando con el capitán. Ambos hombres señalaron hacia distintos puntos del horizonte y parecieron no ponerse de acuerdo.
    El capitán se retiró un poco, se quitó el quepis y se rascó la cabeza, pensativo. De pronto levantó la vista y me vio. Estaba a unos cien metros de distancia y comenzó a caminar animadamente hacia mí.
    Antes de llegar se puso el quepis y se desprendió un botón de la chaqueta, que parecía incomodarlo.
No se detuvo a saludar:
    —Sargento Baigorria, ¿a usted le dicen el Indio?— me gritó cuando estaba a unos diez pasos.
    En ese momento los ojos de los cien milicos apostados en el lugar nos miraban.
    —Sí, señor— respondí y me cuadré para saludarlo.
    El capitán movió una mano para restarle importancia a la ceremonia. Miró al miliquito que estaba junto a mí y le ordenó que se retirara.
    Después, mirando al horizonte dijo que el coronel le había contado que yo había peleado hacía años junto a él contra los salvajes.
    —Hace un rato el coronel le dijo al médico que las aguas de ese arroyo están malditas y que ‘El Indio’ Baigorria sabía. Me imagino que se refería a usted— afirmó el capitán.
    Seguía mirando a lo lejos, como si le incomodara mirarme a los ojos.
    Le conté que hacía 20 años masacramos a una veintena de familias indias que habíamos encontrado a orillas de aquel arroyo infame y que después de eso muchos de los milicos que participaron en la matanza perdieron la razón.
    —Aquella mañana hicimos cosas que no puedo ni quiero recordar— le confesé al capitán. No podía hablar de eso sin sentir un revoltijo en las tripas y un doloroso nudo en la garganta.
    —Creemos que había algo en el agua. Algo que nos trastornó... Dios nos perdone— dije y no pude volver a hablar.
    El capitán había escuchado sin quitar los ojos del horizonte y de pronto, como si yo hubiera desaparecido en el aire y estuviera solo, dijo por lo bajo:
    —Creo que será mejor que crucemos el arroyo y acampemos en otro lado.
    Al final de la tarde llegamos a un lugar que llamaban Cristiano Muerto y allí acampamos.
    El nombre de aquel paraje me heló la sangre y tuve otro mal presentimiento. Pero estaba muy cansado y resignado a afrontar cualquier cosa que pudiera suceder después.
    Y no tardó en ocurrir. Al coronel lo habían arropado y metido en su tienda de campaña, donde era vigilado por el “matasano” y un milico. Pero a eso de la 9 de la noche, en medio de la oscuridad, el viejo se escapó corriendo por el medio del campo a los gritos.
    —¡No dejen que se acerque, no dejen que se acerque!— gritaba. Otra vez un puñado de milicos veinteañeros salieron a la carrera y lograron atrapar al viejo, que esta vez intentó resistirse.
    Luego de aquel brote de locura, pareció recuperar  la cordura. Le quitaron las espinas de cardos y los abrojos que le laceraron la carne en lo carrera por el pajonal, lo arroparon y lo volvieron a acostar.
    Antes de la medianoche el capitán vino a buscarme. Dijo que el coronel quería verme. Supe entonces que mi destino estaba echado.
    Durante años había intentado olvidar lo ocurrido en Colonquelú. Sólo eso me mantuvo cuerdo tanto tiempo, pero ahora todo estaba a punto de venirse abajo. Tuve la certeza de que terminaría igual que el coronel: enloquecería.
    Una luna enorme alumbraba la Pampa y todos sabíamos que no estábamos solos en aquel inhóspito lugar. Los indios o algo peor rondaba el campamento.



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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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