Agua de muerto: Capítulo 5


Resumen: Al volver a cruzar el arroyo Colonquelú, el coronel Hierro enloquece y Baigorria es llevado a su presencia (Lee el capítulo 4)

Capítulo 5

Cuando entré a la carpa vi al coronel acostando sobre unos cueros, cubierto con unas mantas. Una lámpara alumbraba el semblante avejentado de aquel hombre que había peleado cientos de batallas.
    Ni siquiera me saludó. Me miró como mira un oficial a un milico cualquiera, a pesar de las veces que habíamos empuñado juntos la espada.
    Al ver sus ojos me di cuenta de que no estaba recuperado. Tenía los ojos de un loco. En un movimiento que no pude adivinar me aferró de la manga de la chaquetilla y me arrastró hacia él. Debí resistirme con todas mis fuerzas para no caerle encima.
    —¿Usted la vio?— gritó, al tiempo que su rostro se volvía a convertir en una máscara horrenda.
    —¡Yo no vi nada!— repliqué.
    —¡Seguro que la vio! Estaba hermosa como esa vez. Jugaba junto al río— dijo el viejo y un recuerdo estalló en algún lugar de mi cerebro. El dolor me golpeó el pecho y algo subió por mi garganta.
    —¡Hijo de mil putas!— respondí, tapándome la boca para no vomitar.
    —Estaba hermosa y de pronto...— el coronel, con los ojos desorbitados, se tomó la cabeza con ambas manos, como si fuera a reventarle.
    —De pronto estaba muerta, toda podrida... Le salían…
    Lloró como un chico, si es que un monstruo como él alguna vez fue niño. Se calmó de repente y volvió a sorprenderme. De un manotazo me tomó por las solapas y su rostro quedó a escasos centímetros del mío.
    —¡Baigorria, hijo de puta, vos la mataste!— me gritó salpicándome con su saliva.
    Como pude me desprendí de él y caí sentado en el otro extremo de la carpa. Un dolor insoportable me impidió levantarme y hablar.
    Habían pasado 20 años, pero recordé la escena como si la hubiera visto minutos antes. El entonces mayor Hierro y un grupo de milicos peleándose por la pequeña indiecita, tironeándola como si fuera una muñeca. La niña con el ponchito rasgado, la cara machucada por los golpes y las piernas ensangrentadas.
    Recordé la carita de la pequeña y su expresión desesperada, pidiendo clemencia. Sentí la misma furia que entonces.
    —Sí, yo la maté— grité y el coronel pareció despertar de pronto de un sueño profundo. —¡La maté porque era la única forma de salvarla! ¡Era una niña! ¡Una niña de la misma edad que su hija, coronel!
    El viejo pareció comprender lo que había hecho, recién allí, en medio del campo, 20 años después de aquella infernal matanza en el Colonquelú. Se tomó el pecho con una mano huesuda y su boca se abrió para gritar, pero el dolor fue demasiado intenso y algo se quebró en su interior.
    Salí de la carpa y corrí sin mirar atrás. Tropecé decenas de veces y seguí corriendo. Pronto perdí la noción del tiempo. No sé si pasé la noche o más de un día caminando.
    Cuando recuperé la conciencia, la luz del amanecer comenzaba a teñir el cielo de rojo y estaba otra vez en el arroyo. Estaba agotado, pero el terror que sentí al comprender que estaba junto al Colonquelú me hizo olvidar el dolor de la carne desgarrada por los cardos y las caídas.


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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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