25 de mayo de 2021

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Agua de muerto: Capítulo 7


Resumen:  Las pesadillas de Nahuel Piedra comienzan a mezclarse con la realidad mientras el arroyo comienza a crecer (Lea el capítulo anterior )


Rodo Felder  tenía 60 años y era un hombre muy querido por su carácter amable y servicial.  Era de esas personas que prefieren pasar desapercibidas, humildes y con pocas pretensiones. De esas personas que en las conversaciones son las que prefieren escuchar a hablar.
Trabajaba desde hacía varios años en la estancia de su amigo Santiago Mendoza. La propiedad de su padre ya no era redituable  para él, sus tres hermanos y su primo Nahuel Piedra. Por eso Rodo prefirió dar un paso al costado.
El sábado 17 de mayo de 1980, alrededor de las 11 de la mañana, Rodo culminó sus tareas más urgentes en el campo de los Mendoza y decidió ir en la camioneta hasta el pueblo, para visitar a su hermano Juan y su familia.
Juan tenía 53 años, era el más joven de los Felder y también el único que se había casado y tenía hijos.  Como Rodo, Juan también había dejado el campo de la familia para irse a trabajar por su lado.
Para llegar al pueblo, Rodo debía pasar por el frente del campo de sus hermanos y aquel sábado, vio que el auto de Juan estaba estacionado junto a la ruta, frente a la tranquera.
La primera reacción de Rodo fue entrar al campo a tomar unos mates con sus tres hermanos, que hacía tiempo que no veía juntos, pero luego recordó que también estaba allí su primo Nahuel Piedra y dudó.
Por alguna razón, siguió su instinto y continuó camino rumbo al pueblo. Sabía que en unos días la hija más chica de Juan iba a cumplir 15 años y que toda la familia iría a la fiesta.
Rodo sentía cierta debilidad por Rocío, su sobrina más pequeña. Le hubiera encantado tener una hija como ella. 
Y Rocío compensaba aquel amor: para ella Rodo era su tío favorito y no dudaba en expresarlo.
Pero aquel día al llegar a la casa de Juan notó que algo andaba mal. Fue la propia Rocío la que le explicó lo que ocurría:
—Mamá y papá discutieron y él se fue al campo. 
—¿Pero, por qué?— quiso saber Rodo.
—No sé, hace mucho que se tratan mal, cada vez peor, diría yo. No sería extraño que se separen— dijo la chica con una tristeza que a Rodo le partió el corazón.
Era por eso que Juan estaba en el campo, seguro que con intenciones de quedarse con sus hermanos.
Rodo estuvo tentado de ir a ver a José, Abel y Juan, pero se fue al almacén del viejo Sepúlveda. 
El bolichero, que tenía unos 90 años, era como un padre para Rodo. Enseguida le preparó algo de comer y le insistió para que se quedara. Charlaron sobre viejos vecinos del pueblo que sólo Sepúlveda recordaba.
Eran las cinco de la tarde y el Sol ya comenzaba a caer hacia el horizonte cuando Rodo subió a su camioneta y volvió hacia el humilde puesto en el que vivía, en el campo de los Mendoza. 
Como le ocurría cada vez que se sentía melancólico, pensó que tal vez debería utilizar el dinero que tenía guardado en el banco para comprarse una casita en el pueblo. Quizá ya era tiempo de tener algo propio, pronto se jubilaría…
Al volver a pasar frente al campo de sus hermanos le llamó la atención que el auto de Juan aún estaba detenido frente a la tranquera, a unos metros de la ruta.
Otra vez su instinto le dijo que siguiera, pero detuvo la marcha. Era muy extraño que Juan no hubiera ingresado con el auto al campo. 
Rodo dio marcha atrás y estacionó junto al vehículo de su hermano. Luego bajó de la camioneta y se dirigió a la tranquera. Tal como él imaginaba, una cadena y un candado impedían abrirla. Por eso Juan había tenido que dejar el auto en la calle. 
Aún así no entendía por qué no había regresado con la llave y abierto la tranquera para llevar el auto hasta la casa. 
Rodo trató de recordar cuántas horas hacía que había pasado por allí hacia el pueblo. Si Juan iba a quedarse en el campo, como se suponía que haría tras la discusión con su esposa, ¿para qué había dejado el auto en la ruta? Ya era casi de noche y no era seguro dejar el vehículo allí.
Rodo pensó que Juan iba salir a buscar el coche y decidió esperarlo. No quería entrar él al campo, porque no quería ver a su primo.
El agua de la inundación había obligado a Nahuel Piedra, que habitualmente vivía en el puesto más cercano al arroyo, a mudarse a la casa.
Rodo sabía que eso sólo podía traer problemas, ya que Piedra era borracho y pendenciero y que no podía convivir con nadie.
Rodo, que era el más grande de los hermanos Felder, era el único que conocía bien la historia de Nahuel Piedra. Aún recordaba, como si hubiera ocurrido el día anterior, cuando el pequeño Nahuel se perdió y luego, cuando apareció flotando en el arroyo. 
Él estuvo allí junto a su padre y vio al niño muerto. Estaba seguro, como todos los que estuvieron aquella mañana en el arroyo, que Nahuel se había ahogado varios días antes y que desde entonces estuvo en el agua. 
Estaba seguro, como todos allí, que el cuerpo del niño salió a flote cuando los gases del cadáver lo sacaron a la superficie.
Por eso, cuando el pequeño despertó un rato después del hallazgo, como si sólo hubiera estado unos minutos en el agua, la mente de Rodo estuvo a punto de colapsar.
Si bien él logró recuperarse de la impresión,  su padre no, y enloqueció. 
Desde entonces, todos los que conocían a Nahuel Piedra comenzaron a llamarlo “el muerto”. Y comenzaron a temerle como lo que Rodo creía que realmente era: un muerto viviente.
Aunque con el paso de los años todos se acostumbraron de alguna forma a la presencia extraña de Nahuel Piedra, jamás llegaron a aceptarlo como a un semejante. 
Rodo y sus hermanos José, Abel y Juan, por respeto a la memoria de su padre, decidieron darle un lugar para vivir y trabajar. Si lo dejaban solo, Nahuel Piedra trabajaba bien. Sabía desempeñar cualquier tarea rural que lo mandaran a hacer.
Pensando en su primo, Rodo se durmió y despertó cuando ya el sol pintaba el horizonte, en la mañana del domingo.
Había dormido sentado en la camioneta y le dolía todo el cuerpo, pero al ver que el auto de su hermano Juan todavía estaba allí, Rodo se sobresaltó, como si le hubieran tirado un balde de agua fría.
Si bien Rodo era un hombre curtido, sintió que se le hacía un nudo en la garganta y tuvo unos deseos locos de huir de allí.
Así que puso en marcha la camioneta y aceleró a fondo. Se dirigió a toda prisa hacia el campo de los Mendoza. 
Cuando llegó, como era de esperar,  no  encontró a nadie. Se habían ido todos al pueblo y Rodo se encontró solo y sin saber qué hacer.
Estaba seguro de que algo malo había ocurrido en el campo de sus hermanos, pero no adivinaba qué.
Se subió al molino y trató de ver algo. El campo de los Mendoza estaba a unos 1.000 metros de distancia del de los Felder, así que podía ver claramente la casita de sus hermanos, pero Rodo ya no tenía la vista de cuando era joven. No distinguía nada.
Necesitaba prismáticos, pero no tenía. A menos que… Rodo miró hacia el caserón de los Mendoza y sintió un escalofrío.

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra


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Acerca de Admin -

Dibujante, periodista, blogger y escritor. Recientemente publicó en Amazon, en formato electrónico, la novela Horror en Colonquelú y la antología Cuentos para leer en el smartphone.

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