Resumen: Casi 100 años después de la masacre en el arroyo Colonquelú, Susana y José dejan a su hijo por primera vez para ir a visitar a unos parientes. En el trayecto deben cruzar el arroyo... (Lee el capítulo 6)

CAPITULO 7


A veces la muerte nos sorprende. Cuando Susana y José salieron aquella mañana de casa, luego de darle un beso a su hijo Nahuel, que aún dormía, no sabían que no volverían a verlo, que esa noche morirían.
    Era la primera vez, desde el nacimiento del niño, que el matrimonio viajaba solo. Por eso decidieron salir temprano, mientras el pequeño dormía, porque si no, él no los dejaría ir, deberían llevarlo. 
    Pedro, el hermano de Susana, insistió en que lo dejaran. Cuidar a su sobrino era lo mínimo que podía hacer por su hermana, ya que cuando Pedro quedó viudo, ella se había hecho cargo de sus hijos.
    Susana Felder era una muchacha rubia y de ojos celestes muy claros. Si bien su rostro era muy bello,  era muy delgada, lo que hacía que la ropa siempre le quedara holgada.
    A pesar de la dureza de su figura huesuda, Susana era una mujer extremadamente dulce, que iluminaba todo el entorno con su alegría y bondad.
    A diferencia de su hermano Pedro, que había nacido en Alemania, Susana era argentina y siempre le molestó que le dijeran “la rusita” o “la gringa”.
    Aunque en la casa paterna siempre se habló alemán y español y ella comprendía a la perfección la lengua sajona,  nunca utilizaba el idioma de sus padres porque le parecía una falta de respeto hablarlo delante de otras personas que no lo entendían.
    Si bien creció en la ciudad, cuando su hermano Pedro quedó viudo, ella no dudó en trasladarse al campo para cuidar de sus sobrinos.
    Fue tía y madre y descubrió que el campo era un lugar afín a su espíritu sereno e introvertido. 
Pasaron los años y parecía que Susana se quedaría soltera y que los hijos de su hermano colmaban sus instintos maternales, pero entonces conoció a José Piedra.
    Él era la antítesis de ella. Era morocho, con una ligera tendencia a engordar y si bien tenía la misma estatura que Susana, parecía más bajo.
    Difícilmente alguien creería que aquel hombre con claras ascendencias aborígenes pudiera tener algo que atrajera a Susana. Sin embargo, a pesar de ser en apariencia tan diferentes, se atrajeron inmediatamente. 
    El mismo día que se conocieron, ambos tuvieron la certeza, en lo más íntimo de su ser,  de que eran el uno para el otro y que desde ese momento sus vidas ya no tendrían sentido si no estaban juntos.
Sólo por conservar las apariencias se casaron un año más tarde.
    Juntos se sentían invencibles. Y aquella mañana, al salir de la casa, se tomaron de la mano y fue como la primera vez que se tocaron, seis años antes en un baile del club de la Colonia Colonquelú.
    Subieron al auto y entre risas se dirigieron al polvoriento camino que los llevaría hacia Benito Juárez. José aún conservaba el Chevrolet 1926 que había comprado nuevo 10 años antes. Iban a visitar a unos parientes de Susana, unos primos muy queridos que en realidad la amaban como a una hermana.
A pesar de lo accidentado del camino, los sesenta minutos de viaje pasaron volando. 
    Los primos de Susana los recibieron como si hubieran pasado siglos desde la última vez que se vieron. Comieron entre risas, bajo un parral y luego disfrutaron del sol de la tarde.
    Tomaron mate y hablaron de todo. Recordaron viejas anécdotas familiares y se pusieron al día sobre los últimos chimentos de parientes y vecinos. 
    Aquel día fue casi perfecto y antes de que se dieran cuenta, se hizo de noche.
    De pronto el rostro de ella pareció transformarse.
     —Tenemos que irnos— le dijo a José. —Nahuel nos espera.
    Si bien los primos trataron de convencerlos para que se quedaran a pasar la noche, ambos se resistieron. Aunque no lo sabían, sentían lo mismo: una necesidad enfermiza de ver a su hijo.
    Cuando subieron al auto, la luna llena iluminaba todo el campo. Aunque debían recorrer unos 50 kilómetros por caminos de tierra,  José conocía aquellos parajes a la perfección y confiaba ciegamente en su coche.
    En los primeros 30 kilómetros de viaje, a través de un campo iluminado por la luna, nada les hizo sospechar lo que les deparaba el camino. Pero de pronto comenzaron a aparecer nubes y en unos minutos se encontraron rodeados de oscuridad. 

Ilustración: pintura La Vuelta del Malón, de Angel Della Valle

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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