Resumen: Tras visitar a su primo Nahuel Piedra, Rodo está cada vez más seguro de que a sus hermanos le ha ocurrido algo muy malo  (Lea el capítulo anterior )

El viento se arrastraba como un dragón invisible y despeinaba la melena de yuyos del campo. La tierra estaba húmeda y el frío calaba los huesos. El cabo Pérez bajó de la camioneta y mientras con una mano cerraba la pesada puerta del vehículo, con la otra debió sostenerse la gorra para que no se le volara.
Era un día de sol, pero el ruido acuoso arrastrado por el viento recordaba inmediatamente que a pesar del cielo despejado, esa zona se encontraba atravesando por una de las inundaciones más destructivas de los últimos cien años. 
—¡Quédese ahí!— le gritó el cabo Pérez al hombre que estaba dentro de la camioneta, que no se había movido y no parecía tener ninguna intención de bajar.
Pérez trató de escuchar algo por encima del sordo sonido del viento. Apenas escuchó el griterío de los teros a lo lejos.
Cruzó el camino hacia la tranquera del campo de los Felder. Allí vivían los hermanos de Rodo Felder, el hombre que permanecía aterrorizado en el interior de la camioneta. 
Cuando bajó del asfalto al camino de tierra que lo llevaba a la tranquera, Pérez sintió sus borceguíes hundirse en la tierra blanda y resbaladiza. La cadena que mantenía cerrada la tranquera estaba asegurada con un candado, así que el cabo comprendió que allí nadie era bienvenido.
Dos filas de árboles flanqueaban el camino hacia la casa, que se encontraba a unos 300 o 400 metros de la ruta. Antes de saltar por encima de la tranquera, trató de divisar algún movimiento en la casa, de la que sólo se veía el techo que sobresalía sobre unos árboles petisos.
No vió nada y el cabo decidió meterse en el campo. Se preguntó si era buena idea. Si era cierto lo que le había dicho Rodo Felder, sólo había un hombre en el campo, estaba armado y era muy peligroso. 
El cabo Pérez conocía perfectamente a Nahuel Piedra, un sujeto borracho y pendenciero, primo de los Felder.
En los últimos años los policías del pueblo habían encerrado innumerables veces en estado de ebriedad a Piedra, siempre por provocar peleas y daños.
Mientras caminaba hacia la casa, esquivando los charcos del camino, el cabo Pérez se repitió que no era buena idea ir solo allí, pero no le quedaba otra opción.
Una hora antes Pérez tomaba mate en la guardia del destacamento de Policía, mientras escuchaba la radio. Todo pintaba para ser otra mañana tranquila, cuando de pronto se abrió la puerta e ingresó Rodo Felder, con el rostro muy serio.
Le explicó al cabo que hacía días que no veía a ninguno de sus tres hermanos y que pensaba que algo malo les había ocurrido. 
Sabía que al menos su hermano Juan debía estar en el campo de la familia, porque el día anterior había visto su auto allí, pero cuando fue a buscarlo, al único que encontró fue a su primo Nahuel Piedra, quien lo echó del lugar y lo amenazó para que no volviera.
Rodo no estaba seguro de nada, pero temía lo peor, porque después de 24 horas, seguía sin saber nada de sus hermanos y el auto de Juan había desaparecido.
En aquellos días el pueblo estaba prácticamente incomunicado, ya que la radio no funcionaba, así que el cabo Pérez habló con un vecino del destacamento y le pidió que le avisara al oficial principal cuando llegara, que él iba al campo de los Felder.
Luego ambos hombres salieron en la camioneta de Rodo, pero cuando llegaron al lugar, Felder no se quiso bajar y el cabo Pérez comenzó a caminar solo hacia la casa.
Mientras veía al milico alejarse, Rodo se sintió un cobarde y comprendió que no debió haberlo dejado ir solo.
Fue entonces que escuchó, amortiguados por el viento, el sonido de los disparos y vio, como a 150 metros de distancia, que el cabo Pérez se tambaleó y cayó.
Luego de unos instantes, en los que Rodo creyó que el policía había muerto, el cabo comenzó a moverse y después a arrastrarse hacia una de las filas de árboles y finalmente se ocultó detrás del grueso tronco de un eucaliptus.
A pesar del miedo, que parecía bombear en sus venas con cada pulsación del corazón, Rodo Felder bajó de un salto de la camioneta y, pese a sus casi 60 años, corrió hacia la tranquera y como pudo la trepó y la saltó.
Por el sonido de las detonaciones que había escuchado, sabía que su primo Nahuel Piedra portaba una carabina 22 e imaginaba donde estaba oculto, así que hasta unos 100 metros de la casa, no había peligro de ser impactado con un disparo. 
Agazapado, para minimizar los riesgos de que Nahuel le disparara, Rodo caminó junto a la fila de árboles en la que estaba oculto el cabo Pérez. Esperaba escuchar algún disparo, pero su primo no tiró, sin duda estaba esperando que se acercara más.
Llegó hasta unos 10 metros de donde se encontraba Pérez y se ocultó detrás de un árbol. Nahuel debía estar parapetado en el gallinero que estaba detrás de la casa, a la derecha, por lo que Rodo se asomó por la izquierda.
Sabía que su primo era muy buen tirador y que en los próximos diez metros que avanzara hacia el policía herido, estaría expuesto a recibir un disparo. Aunque estaba a unos 150 metros del gallinero, así que, a menos que Nahuel utilizara un arma de grueso calibre, a esa distancia, era muy difícil que lo matara.
Pero Rodo no se detuvo mucho a pensarlo, porque con cada segundo que pasaba, el otro tendría más tiempo para afinar la puntería, además, él ya era un viejo que no podía moverse muy rápido.
Se agachó y corrió hacia Pérez. Entonces escuchó uno, dos disparos. Pero como lo había imaginado, Nahuel no le acertó. El problema sería dar marcha atrás, esos diez metros, arrastrando al policía. 
El cabo Pérez tenía dos heridas de bala en el pecho y respiraba con dificultad. Sería muy difícil que pudiera caminar y menos correr, para alejarse del lugar. 
A pesar de la enorme angustia que sentía en ese momento y del miedo que lo hacía temblar de pies a cabeza, Rodo tuvo un momento de lucidez. Supo que debía tranquilizarse, así que respiró profundo y por un momento se tapó la cara con las manos.
Luego, en un gesto automático, como siempre que debía pensar, se quitó la gorra de visera con una mano y con la otra se peinó sus encanecidos y escasos cabellos. En ese momento vio a unos metros, justo en el medio del camino, la gorra del cabo Pérez y comprendió la irracionalidad de todo lo que estaba sucediendo. 
Rodo había sido toda la vida un trabajador rural y estaba acostumbrado a la rutina. Muchas veces el trabajo consistía en hacer cosas que no le gustaban, pero a pesar de ello lo hacía. 
Comprendió que en ese momento debía hacer una de esas cosas que no quería, pero que eran necesarias. Tendría que cargar al cabo Pérez y caminar lo más rápido posible fuera del alcance de la carabina de su primo. No importaba el miedo o la angustia, era algo que debía hacerse para continuar con vida.
—Cabo, debe ayudarme un poquito— dijo Rodo mirando fijamente a Pérez, cuyo rostro horrorizado mostraba lo que le estaba costando respirar. 
—No voy a poder caminar mucho, debería dejarme acá y pedir ayuda…
—Ni lo sueñe. Si lo dejo acá, va a morir desangrado o él se acercará y lo rematara— le explicó Rodo, incrédulo de su propia frialdad para analizar la situación. —Lo mejor será que me ayuda a ponerlo de pie, apoyándose en el árbol. Después yo lo voy a cargar sobre mis hombros y lo voy a llevar hasta la camioneta.
—Nos va a matar a los dos— dijo Pérez, que ya parecía muy cansado y sin fuerza para intentar un escape.
—¡No hable más y ayúdeme!— le ordenó Rodo Felder con tono autoritario.
Acostumbrado a recibir órdenes, el policía se apoyó en el árbol y con gran esfuerzo y la ayuda de Felder, se pudo poner de pie.
Rodo se agachó y como si el cuerpo del policía fuera una bolsa de papas, lo cargó sobre uno de sus hombros, tratando de mantenerse firme detrás del árbol, para no darle oportunidad a su primo de volver a disparar.
Luego giró y miró hacia el árbol más cercano. Sólo había diez metros hacia la protección del tronco de aquel grueso eucaliptus, pero en ese momento para Rodo la distancia parecía mucho más grande y su velocidad estaría disminuida por el peso del cuerpo del policía.
Pero no se detuvo a pensar, comenzó a caminar. Esta vez escuchó al menos tres disparos, incluso el impacto de un proyectil sobre el tronco del eucaliptus cuando finalmente cruzó los 10 metros.
A pesar del peso de Pérez y de lo difícil que era soportarlo, Rodo no se detuvo, siguió caminando. Se escucharon más disparos, pero sabía que ya era muy difícil que lo alcanzaran.
Cuando se hubo alejado unos 20 metros más, volvió al centro del camino. 
No creía poder llegar caminando con Pérez al hombro hasta la ruta, pero de alguna manera pudo hacerlo. Lo más difícil fue pasar el cuerpo del policía sobre la tranquera y luego arrastrarlo hasta la camioneta. 
Cargó a Pérez en la caja y lo cubrió con una lona y unas mantas. 
—Aguante cabo, ya estamos a salvo— le dijo Rodo. 
El policía tenía el rostro muy pálido y de pronto ya no parecía un muchacho de veintitantos años, sino un adolescente...

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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