Resumen: Susana y José han dejado por primera vez a su hijo con unos familiares para realizar un viaje juntos. Pero al regreso, antes de cruzar el arroyo Colonquelú... (Lee el capítulo 7)

 CAPITULO 8


A unos 15 kilómetros del destino, comenzó a llover y pronto la visibilidad era prácticamente nula. 
Los faros del auto sólo alumbraban la cortina de agua. José adivinaba más que veía el camino, que debido a la intensidad de la lluvia, no alcanzaba a absorber el chaparrón.
Los angostos neumáticos del vehículo comenzaron a enterrarse en el barro y José debió reducir la velocidad a paso de hombre para no perder el control.
Fue en ese momento que una idea aterradora cruzó por la mente de José. ¿Y si morimos, qué pasará con Nahuel? José sólo tenía 35 años. 
Toda su vida la había pasado en esa región, conocía los caminos de memoria y podría haber manejado por aquel lugar con los ojos cerrados. Desde allí hasta la chacra donde vivía con Susana y Nahuel, el camino era recto.
Sólo debía mantener el auto por el medio del camino, tratar de no ir a parar a la banquina, donde seguramente quedaría encajado, y luego cruzar el puente que se encontraba a unos 1.000 metros de allí.
Otros cinco kilómetros y llegarían a la casa. Pero por alguna razón tenía miedo.  Miró a Susana, que como toda mujer de campo no temía a las tormentas ni a la oscuridad. Pero aquella noche ella parecía más asustada que él.
—¿Y si nos detenemos y esperamos que pase la tormenta?— gritó José por sobre el ruido de la lluvia golpeando el techo de chapa del auto y por sobre los truenos que se escuchaban a lo lejos.
—No, falta muy poco. Llegaremos en menos de media hora— contestó ella. —Nahuelito debe estar muy asustado.
El niño sentía terror los días de tormenta, no soportaba los truenos y le espantaba la oscuridad. Debía dormir con una luz encendida, porque si se despertaba de noche en medio de las tinieblas, parecía enloquecer. Gritaba, lloraba, pataleaba y en algunas ocasiones había quedado en estado catatónico.
Ni Susana ni José sabían qué hacer en aquellas condiciones. Por eso, aquella noche, en medio de la tormenta, sintieron más miedo por su hijo que por ellos mismos.
De pronto José sintió mucho frío. Se encorvó para tratar de ver mejor, pero era poco lo que se divisaba más allá del parabrisas. Debía adivinar lo que los faros del auto alumbraban.
En determinado momento creyó ver junto al camino una mancha blanca. Pensó que era el cartel que indicaba que el puente se encontraba a unos 50 metros.
Avanzó confiado. Esperaba sentir el auto afirmarse sobre el asfalto del puente. Pero seguían avanzando entre tumbos y no llegaban al terraplén.
—¿Dónde estamos?— susurró José.
Entonces vio la baranda del puente a solo unos metros de la trompa del auto. Clavó los frenos para no embestirla, pero el coche patinó y se puso de costado. En un instante en que el tiempo pareció detenerse, José comprendió que chocaría contra la baranda y que la estructura impactaría contra la puerta de su lado. Supo que tal vez el golpe lo mataría, pero no pudo hacer nada. 
Escuchó el estruendo de la puerta al partirse al medio y el estallido del cristal de la ventanilla. Sintió la astillas de vidrio penetrando en su rostro. Un dolor lacerante lo golpeó en el hombro y lo arrojó contra Susana. Entre todos los ruidos, escuchó el alarido de su mujer.
Pese a la confusión y el dolor, José no perdió el sentido de la orientación y notó que el coche volvía a girar y comenzaba a caer. 
Comprendió que si no morían por los golpes, terminarían ahogados en las aguas del arroyo, que en aquel lugar era bastante profundo.
El auto dio unos tumbos cuesta abajo y cayó al arroyo. 
En la oscuridad escuchó los borbotones del agua entrando a la cabina del vehículo y también un sonido extraño, que luego reconoció como la voz de Susana. Era como un estertor. No podía verla, pero sabía que estaba mal herida y que no podía hablar.
Como pudo se movió hacia ella e intentó abrazarla, pero su cuerpo era como una masa sin forma. 
En las tinieblas y a pesar de que las fuerzas lo abandonaban, José buscó la puerta para salir del auto. Comprendía que no tenían posibilidades de salir de allí con vida, pero por otro lado quería sobrevivir, por su hijo. Al menos debía hacer el intento.
De pronto el agua comenzó a iluminarse, como si hubiera pasado la tormenta y otra vez la luna alumbrara el campo con su luz plateada. 
Mientras con todas sus fuerzas José intentaba abrir la puerta del lado del acompañante, vio el lecho del arroyo. No había barro ni piedras, el fondo parecía tapizado de calaveras.


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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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