Resumen: Años después de la desaparición de Susana y José en el arroyo Colonquelú, su pequeño hijo desaparece… (Lee el capítulo 8)

 CAPITULO 9


Después de la conmoción que les provocó hallar el pequeño cuerpo del niño, lo sacaron del agua y lo dejaron en la orilla, boca abajo.
    Estaban seguros de que estaba muerto y no querían ver su rostro descompuesto o devorado por los cangrejos.
    El niño había desaparecido hacía siete días. En ese lapso nadie supo nada de él hasta aquella mañana, cuando el viejo Romero vio el cuerpo flotando en el arroyo.
    Aquel hombre se había acostumbrado a la vida apacible del campo. En sus 60 años tuvo muy pocas emociones fuertes y el hallazgo del cuerpo del niño fue la más dura que le tocó vivir.
    No se animó a sacarlo del agua. Taloneó a su vieja yegua y salió al galope hacia el caserío. En 10 minutos que le parecieron eternos llegó al almacén de ramos generales de don Sepúlveda. Allí había teléfono y llamaron de inmediato a la Policía.
    Uno de los hijos del bolichero subió a su caballo y corrió a avisarle a la familia del niño.
    Media hora después varios hombres llegaron al arroyo. El primero fue el oficial Salvatierra, en un móvil destartalado, desde el destacamento de Juan N. Fernández. Luego el viejo Romero, bajo un evidente estado de shock.
    Después, en un auto, llegó Pedro Felder, tío del niño. El hombre no podía bajar del coche y tuvieron que ayudarlo y sostenerlo. Un año antes, su hermana Susana Felder y el esposo de ella, José Piedra, padres del pequeño, murieron ahogados en ese mismo arroyo.
    Entonces, Pedro se había hecho cargo del niño, al que amaba tanto como a sus cuatro hijos.
    El único que se animó a acercarse al arroyo fue el oficial Salvatierra. Era un hombre bajito, pero fornido. En sus años de policía había visto muchas muertes violentas, pero aquello era diferente, conocía al niño que flotaba en el agua.
    Cuando se metió al arroyo y tomó el cuerpo, le llamó la atención lo liviano que era. Lo dejó en la orilla, boca abajo, porque no tuvo valor de darlo vuelta. No quería ver su pequeño rostro.
    Todos estaban seguros de que estaba muerto. Desde que el viejo Romero lo había encontrado flotando en el arroyo ya había pasado más de media hora. Pero cuando todos estaban allí, sin saber qué hacer, vieron que debajo del cuerpo comenzó a formarse un charco de agua.
    Salvatierra pensó que el cuerpo había estado mucho tiempo en el agua, por eso debía estar lleno de líquido. Sin embargo, estaba tan liviano. “Tal vez se ahogó hace muchos días”, pensó el milico.
    Mientras, el tío del niño lloraba desconsolado, sostenido por uno de sus hijos.
    “Primero tu mamá y ahora vos”, decía entre sollozos Pedro. 
    El pequeño Nahuel sólo tenía cinco años cuando murieron sus padres a unos kilómetros de allí. El hombre pensó que aquello había sido demasiado para el chico.
    “¿Por qué no me llevaste a mí, Dios mío?”, sollozó el hombre. A pesar de que aún le quedaban cuatro hijos, sintió que con la muerte del pequeño, su vida dejaba de tener sentido.
    En parte era su culpa, porque siempre supo que aquella tierra estaba maldita, en especial aquel arroyo y, a pesar de todo, se había quedado a vivir allí. Si se hubiera ido, como lo pensó tantas veces, tal vez su hermana y su sobrino ahora estarían vivos.


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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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