CAPITULO 9


Después de la conmoción que les provocó hallar el pequeño cuerpo del niño, lo sacaron del agua y lo dejaron en la orilla, boca abajo.
    Estaban seguros de que estaba muerto y no querían ver su rostro descompuesto o devorado por los cangrejos.
    El niño había desaparecido hacía siete días. En ese lapso nadie supo nada de él hasta aquella mañana, cuando el viejo Romero vio el cuerpo flotando en el arroyo.
    Aquel hombre se había acostumbrado a la vida apacible del campo. En sus 60 años tuvo muy pocas emociones fuertes y el hallazgo del cuerpo del niño fue la más dura que le tocó vivir.
    No se animó a sacarlo del agua. Taloneó a su vieja yegua y salió al galope hacia el caserío. En 10 minutos que le parecieron eternos llegó al almacén de ramos generales de don Sepúlveda. Allí había teléfono y llamaron de inmediato a la Policía.
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