Resumen: La policía rodea la casa en la que se encuentra atrincherado Nahuel Piedra  (Lea el capítulo anterior )

Nahuel Piedra miró el arma que tenía en las manos y se preguntó qué estaba haciendo tirado en el piso del gallinero. No recordaba nada desde…
Miró a su alrededor. Cuarenta años antes, cuando él era un niño, aquellas tres paredes descascaradas, que dejaban ver los ladrillos y el barro sobre el que estaban asentadas, eran parte de la habitación de su tío Pedro Felder.  
Ahora, un alambre tejido servía de cuarta pared y evitaba que las gallinas se escaparan al montecito que había detrás de la casa nueva, que en realidad lo único que tenía de nuevo era el nombre, porque había sido construida por sus primos hacía ya más de 30 años.
Nahuel se dio vuelta y quedó de espaldas en el piso alfombrado de bosta de gallinas y entonces vio los casquillos de los proyectiles que había disparado.
Entonces comenzó a recordar, como si despertara de un sueño. Unas horas antes había disparado contra un…
Pese a su corpulencia y su sobrepeso, Nahuel se puso de pie de un salto y salió corriendo del gallinero en dirección a la casa nueva.
Las pesadas botas de goma que llevaba puestas lo hicieron tropezar, chocó contra la puerta del gallinero y la arrancó de sus endebles bisagras. 
Se le cayó el arma y un insulto escapó de su boca, pero no le importó, se puso de pie y corrió hacia la casa.
La puerta y las ventanas estaban cerradas y al entrar sus ojos tardaron en adaptarse a la oscuridad, pero inmediatamente un olor nauseabundo golpeó su olfato.
Contuvo la respiración para no volver a aspirar ese aire contaminado y luego, lo más rápido que pudo, abrió las puertas y ventanas de la casa.
A pesar de la ventilación, el aire seguía siendo irrespirable en el interior de la vivienda y Nahuel sabía muy bien porqué, aunque no quería mirar y menos recordar.
Salió al patio, recogió el arma que se le había caído y el contacto con el metal fue como un golpe en la boca del estómago.
Lo asaltó la imagen su primo José.
—No, por favor, por favor— suplicaba.
Lo recordaba perfectamente. José estaba en la cama, tapado con una cobija vieja. Parecía un pobre hombre inocente, pero era igual a todos ellos.
Nahuel sintió asco y apretó el gatillo de la carabina.
El disparo perforó la cobija y agujereó el pecho de José.
Después fue cuestión de unos larguísimos segundos, mientras agonizaba, José preguntó varias veces por qué y cayó para atrás, sobre la cama.
Al recordarlo, Nahuel sintió algo que se revolvía en su estómago y vomitó en el patio.
Sí, en el interior de la casa estaba el cadáver de José, pudriéndose en la misma cama que había dormido en los últimos 30 años.
Pero no era el único foco de pestilencia. Si bien era el primero que había muerto, no era el último.
En el otro dormitorio, en el piso, estaba el cuerpo de Abel. Y en la cocina, el de Juan.
Aunque Nahuel había perdido la noción del tiempo, creía recordar que había matado a José y Abel en la mañana del martes y a Juan el sábado, cuando fue a preguntar por sus hermanos.
El domingo Nahuel había estado a punto de disparar contra su primo Rodo, que también fue a preguntar por sus hermanos, pero no entró en la casa.
Pero sí disparó contra Rodo 24 horas después, cuando volvió al campo acompañado por un policía. El pobre milico tuvo menos suerte: recibió varios tiros.
Nahuel trató de recomponerse y dejar de pensar por un momento. Uso el arma como bastón para ponerse de pie. Pero en ese momento escuchó algo que le erizó la piel.
Conocía muy bien ese rumor de cien caballos galopando, gritos y silbidos. Había comenzado a escuchar el ruidoso avance de los malones cuando era un niño, poco después del incidente del arroyo. Por momentos pensaba que los vería aparecer, cientos de indios a caballo, con sus lanzas y boleadoras. 
Pero nunca los vio, aunque hubiera preferido eso a que apareciera ella. No necesitaba verla. El aire se contaminaba con un olor a podredumbre de décadas. Nahuel se dio vuelta y vio los pies de la niña envueltos en cueros.
La indiecita comenzó a hablar en una lengua cargada de eñes y elles. Nahuel nunca había aprendido esa lengua, pero comprendía perfectamente lo que ella decía.
—Pronto los huincas volverán—dijo la niña con un rictus maligno. —Deberás matarlos a todos, vengar nuestra sangre.
La vocesita de la indiecita era hipnótica y por un momento Nahuel la vio como era antes de ser ese espectro putrefacto, cargado de un odio y de una locura de años, producto de deambular en aquel lugar que los aborígenes llamaban el País del Diablo.
—Mirá lo que nos hicieron— dijo la niña levantándose el poncho y dejando al descubierto las mutilaciones.
—Nos golpearon, nos cortaron, nos rompieron, nos violaron, nos mataron. A todas nosotras: niñas, jóvenes y viejas.
Nahuel comenzó a llorar como cuando era un niño y apretó fuerte el arma. 
La pequeña siguió hablando en esa lengua antigua y olvidada:
—La madre de tu padre pudo haber sido una de nosotras, por eso te llamas Nahuel... Nahuel Cura…
En ese momento la niña desapareció y con ella el olor y el murmullo de malones.
Nahuel significaba tigre y Cura, piedra. 
En ese momento comprendió que necesitaba más armas. Aunque sabía que no podría con todos los que iban a llegar. Al final lo aplastarían.
Cuando se acercara el final trataría de ir hacia el arroyo. Quería que su osamenta descansara en el lecho del arroyo, con las de todos los que esos malditos habían matado...

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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