Resumen: Nahuel Piedra recuerda la demencial secuencia de hechos ocurridos en los últimos días y el fantasma de la niña india vuelve a aparecer para incitarlo a seguir con su irracional venganza   (Lea el capítulo anterior )


El comisario Ferro se sentía asqueado. En sus años de policía había visto más miserias de las que cualquier persona "normal" podría siquiera imaginar, pero en la última década el mundo parecía haber enloquecido. 
Su padre fue policía y le enseñó algo que muchos tardan toda la vida en entender: hay hombres que el único lenguaje que comprenden es el de la violencia.
Por eso deben existir otros dispuestos a aplicar la violencia para defender a los mansos. Esa es en esencia la tarea de los soldados y de los policías. De los pocos que se animan a hacer ese trabajo, no todos están dispuestos a ensuciarse las manos para defender intereses de una comunidad que siempre los mira con recelo y que incluso los trata despectivamente.
Pero hacía ya tiempo que todo se había trastocado. La política convirtió a policías como el comisario Ferro en simples peones de un juego macabro. 
La vorágine de violencia iniciada por el terrorismo a principios de los 70, se convirtió en una masacre con la llegada de los militares en el 76.
En los cuatro años que siguieron hasta ese mayo de 1980, el comisario Ferro vió más violencia que en sus anteriores dos décadas de servicio en la Policía.
Pero nada lo preparó para lo que comenzaría a vivir aquella húmeda mañana, cuando un subalterno le informó que un policía había sido baleado en un campo cercano al arroyo Colonquelú.
—Estamos incomunicados, comisario. Recibimos una llamada telefónica de la subcomisaría, donde el oficial Santoro nos avisaba que el cabo Pérez recibió dos disparos. Pero no sabemos nada más, porque Santoro fue hasta el campo y por la radio no nos podemos comunicar.
—¿Pero qué pasó?
—Por lo que le pude entender a Santoro, el cabo Pérez fue junto con un tal Rodo Felder hasta un campo donde viven los hermanos de éste, porque hacía muchos días que no los veía y sospechaba que un primo suyo, un tal… Piedra, que el testigo había visto armado, pudiera haberles hecho algo…
Ferro se llevó las manos al rostro y se apretó los ojos. Se sentía cansado a pesar de que apenas eran las 10 de la mañana y se había levantado hacía menos de tres horas.
—A ver si entiendo— dijo el comisario, aún cubriéndose los ojos con las manos. — Este tal Felder cree que su primo, al que vio armado, pudo hacerle algo a sus hermanos y concurrió a la subcomisaría para pedir que lo acompañen hasta el campo de su familia…
—Sí, señor. Parece que el cabo Pérez acompañó a Felder y cuando llegó al campo alguien los atacó a tiros…
—Seguramente el primo de Felder…
—No lo sabemos señor, el oficial Santoro no lo dijo cuando comunicó la novedad. 
—¡...Y este pelotudo de Santoro se fue solo al campo!
El comisario Ferro, que alguna vez había sido oficial principal en un destacamento rural sabía lo peligroso que era movilizarse solo en lugares como esos. Se corría el riesgo de ser asesinado y desaparecer sin dejar rastros.
—¡Mierda!— gritó Ferro y golpeó con el puño su desgastado escritorio. 
Debía reunir información lo más rápido posible y enviar apoyo a Santoro, lo que se hacía muy difícil con las rutas cortadas por la inundación y campos cubiertos por el agua. 
—¿Está el loco?
El subalterno dudó en responder, sabía que así le decían al oficial subinspector Hugo Falco, el policía más duro y temerario de la dependencia. Sólo los oficiales de más jerarquía se animaban a llamarlo “El loco”.
—Llegó hace un rato, señor. Pero no sé donde está…
—Bueno, vaya a buscarlo. Si no lo encuentra en la dependencia, mande a alguien a la calle que lo busque y vuelva enseguida. ¡Rápido!
A Ferro no le gustaba tratar mal a sus hombres, ni siquiera al más joven de sus subalternos, sabía que el respeto y la fidelidad no se consigue a los gritos ni a los golpes. Sin embargo, aquella era una mañana distinta, tenía un mal presentimiento, se sentía cansado y hubiera dado cualquier cosa por estar con su esposa y sus hijos en su querida ciudad de La Plata.
Hacía apenas un año estaba destinado en Necochea, una ciudad por la que siempre había sentido un cariño especial y a la que conocía desde chico, porque a su padre le gustaba pasar las vacaciones allí. El viejo Ferro decía que Necochea tenía las mejores playas de la Argentina.
—¡Buen día, comisario!— la voz de Falco llegó desde el pasillo, antes de que el hombre entrara a la oficina.
El oficial subinspector parecía mucho más joven de lo que en realidad era. De mediana estatura, morocho y con un bigote fino y cuidado, tenía más aspecto de oficinista que de policía. 
Sin embargo, la mirada de Falco no era la de un oficinista. Los ojos del policía parecían estar constantemente evaluando posibilidades: un lugar por donde escapar o donde pertrecharse, un movimiento sospechoso…
A Ferro le llamó la atención que Falco estuviera vestido de civil. Llevaba puesto un traje gris, un tanto arrugado y una colorida corbata a rayas negras y doradas.
El comisario estuvo tentado de preguntarle a qué se debía que estuviera vestido de esa forma, pero prefirió comunicarle la situación.
—Muy bien, señor. Voy a ver de cuántas líneas de teléfono podemos disponer para ponernos en contacto con el delegado municipal y algunos vecinos a fin de conocer la situación en el pueblo. También trataré de hablar con ese tal Rodo Felder, para que nos informe del atacante, las armas con las que podría contar y el lugar donde está apostado. 
—Bien, Falco. Yo trataré de conseguir una avioneta para poder volar hasta ese campo, en caso de que sea necesario…
El oficial subinspector salió de la oficina tan rápido como había entrado. Entonces el comisario se dirigió hacia su joven subalterno, que estaba otra vez cuadrado junto al escritorio.
—Dígame, ¿sabe por qué Falco está vestido así?
—Siempre se viste así, señor. Se pone el uniforme cuando llega a la comisaría, pero hoy todavía no ha tenido tiempo…

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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