Resumen: A kilómetros de distancia del arroyo Colonquelú inicia el operativo para reducir a Nahuel Piedra, que ha herido a un policía y podría haber matado o tener como rehenes a varias personas de su familia   (Lea el capítulo anterior )


Nahuel Piedra miró al cielo. Hacía días que había parado de llover y estaba completamente despejado, pero aún así escuchó un extraño ronroneo.
Estaba otra vez tirado en el piso del gallinero, rodeado de varias armas: dos carabinas calibre 22, un Winchester, una revólver calibre 32 y un viejo pistolón.
Era el ronroneo de un motor, lo extraño era que pareciera descender del cielo… Luego de unos instantes comprendió: era un avión.
Se levantó de un salto y corrió fuera del gallinero.
Giró sobre sus talones, en medio del patio, mirando hacia arriba, tratando de ver el avión en el celeste infinito, pero no lo encontró.
Luego, cerró los ojos y trató de oír de dónde provenía el ronroneo. Los abrió a tiempo para ver el vuelo rasante de una avioneta sobre el horizonte, hacia el Norte.
El aparato pareció descender a lo lejos, tal vez dos kilómetros, en algún campo vecino.
En medio de su confusión, Nahuel Piedra comprendió que aquello no era bueno. Por allí nunca descendían avionetas, así que sólo se podía significar una cosa: venían por él.
Y no se equivocaba. A unos dos mil metros al Norte del campo de los Felder descendió una avioneta en la que se apretujaban el piloto y seis policías armados como para una guerra.
Cuando el aparato tocó tierra, descendieron del avión el comisario Ferro, el oficial principal Falco y otros cuatro policías.
A unos metros de la improvisada pista, esperaba un destartalado patrullero de la Subcomisaría de Juan N. Fernández.
Con las manos en la cintura, sin preocuparse demasiado por la prominencia de su abdomen, esperaba el suboficial Santoro.
En otras circunstancias, el comisario Ferro no se hubiera quedado con las ganas de decirle a Santoro que era un inconsciente,  poco profesional e incluso se hubiera acordado de la madre de aquel milico impertinente, pero no era el momento.
Además vio los ojos de Santoro y pensó que si había pelea, era mejor tener a ese hombre de su lado.
—¡Comisario Ferro! ¡Buenos días, señor! Lo estaba esperando. He estado estudiando la situación— dijo Santoro. Su cuerpo en posición de firme parecía contradecir a su poco creíble y salamera entonación.
El comisario conocía a algunos hombres como aquel suboficial. Por lo general duraban poco en la fuerza. Eran impertinentes, rebeldes y detestaban la autoridad. Pero sin dudas eran hombres necesarios, ya que su irreverencia los llevaba a actuar distinto a cualquier otro policía, lo que podía ser útil en una corporación que se caracteriza por tener dos tipos de individuos, los que les gusta dar órdenes y los que las obedecen ciegamente.
La independencia de carácter de Santoro quedó en evidencia cuando le comenzó a explicar al comisario que había realizado un relevamiento del terreno en torno al campo de los Felder y que lo más recomendable era dar un largo rodeo para acercarse a la casa por la ribera del arroyo, para no quedar tan expuestos al fuego del tirador.
Sin dudas aquel milico tenía experiencia en estrategia militar. El comisario creyó recordar que alguien le había contado que Santoro estuvo en el Ejército y luchó contra el terrorismo en Tucumán.
—¿Cuántos hombres tiene?— quiso saber Ferro.
—Somos cuatro, comisario. Tal vez podamos traer algún milico más de Claraz. El problema es que el único que ha estado bajo fuego soy yo— dijo Santoro, por primera vez dejando traslucir algo de inquietud en sus palabras.
—Bueno, los que yo traje tampoco son muy experimentados, aunque en una situación como esta, con un francotirador, supongo que usted es el único que tiene experiencia— contestó Ferro.
Santoro no le dio importancia al halago, si había algo de lo que no se sentía precisamente orgulloso era de haber combatido a los subversivos en el monte tucumano.
Luego se dio cuenta de que Ferro no pretendía halagarlo, sino que se trataba de una forma solapada de ponerlo al frente del grupo que iba a tratar de reducir al enajenado tirador.
Santoro sintió un escalofrío. Hacía apenas cinco años, durante el servicio militar, había tenido la desdicha de ser uno de los conscriptos elegidos para ir a combatir en el Operativo Independencia. A pesar de que no podía decirlo, porque se lo habían prohibido, era un veterano de guerra.
Esa guerra sucia, que se pareció más a una cacería humana, le enseñó muchas cosas de las que no quería acordarse. Pero, finalmente, parecía que aquella experiencia iba a servirle para algo.
—Será mejor que mis hombres se queden donde están, en la entrada del campo y que desde allí realicen unos disparos para distraer al sujeto— le explicó Santoro al comisario, aunque en realidad parecía estar pensando en voz alta.
—Mientras tanto, nosotros cruzaremos un campo vecino para llegar hasta el arroyo y por allí avanzaremos hasta la casa. El gallinero en el que se encuentra parapetado el tirador está del otro lado de la vivienda, así que no nos verá llegar—precisó.
El oficial Falco, que se había mantenido callado hasta el momento, preguntó quién era el francotirador y cuántas armas podía tener.
—Se llama Nahuel Piedra, tiene 49 o 50 años, es alcohólico y extremadamente violento. Según su primo tiene un Winchester y otras armas, pero al cabo Pérez le disparó con una carabina 22 a más de 150 metros y casi lo mata, lo que demuestra que es un gran tirador.
—Demasiado— refunfuñó Falco.
—Bueno, vamos, no tenemos todo el día— gritó Ferro a sus hombres.

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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