Resumen: La Policía rodeó el campo en que se encuentra atrincherado Nahuel Piedra y comienza el operativo para capturarlo vivo o muerto   (Lea el capítulo anterior )


Caminaron a campo traviesa, los borceguíes hundiéndose en la tierra impregnada de agua. Santoro encabezaba el grupo de policías. Lo seguían el comisario Ferro, el oficial principal Falco y los cuatro jóvenes agentes.
Sólo se escuchaba el chapoteo de los pies y la esforzada respiración de los hombres, además del tintineo metálico de las correas de las armas largas.
—¡Bajen la cabeza!— ordenó Ferro.
Si bien habían dado un gran rodeo a través de un campo vecino y desde allí no se podía ver la casa de los Felder, Ferro temía que cualquier error pudiera dejarlos expuestos al francotirador.
Al comisario le preocupaba el estado del cabo Pérez, que, según le explicaron, fue trasladado de urgencia a Tandil. Pero más aún le preocupaban los cuatro jóvenes milicos del grupo.
Sabía que se había equivocado al traer a aquellos muchachos, pero no podía distraer a los oficiales más experimentados de tareas necesarias para mantener asegurada una ciudad de casi 70.000 habitantes. Aunque dada la situación, tal vez debió arriesgarse más y llevar al campo a los más veteranos.
Ferro pensó en aquellos jóvenes. Por su edad, todos podían ser sus hijos. El mayor era el agente Castro y tenía apenas 22 años. Aunque se notaba que aquello le gustaba, era hijo y nieto de policías y parecía tener madera para el trabajo.
Luego estaba Benítez, un muchacho callado, que sin duda estaba allí por el magro sueldo de Policía. Tenía el aspecto duro de los que han vivido en la miseria y no se dejan amedrentar por la situación.
En tanto, el agente Díaz era de esos que siempre caminan por la cornisa, que no diferencian los límites entre la ley y el delito y que disfrutan con la violencia.
El último y más particular de todos era Siciliani, un muchacho rubio y delgado que antes de ingresar a la Policía había pasado por un seminario católico con intenciones de convertirse en sacerdote. Por eso le decían el Curita.
Aunque, si era por la edad, al comisario también le debía preocupar Santoro, que a pesar de su experiencia como soldado, no tenía más de 23 años.
—Bueno, estamos llegando al arroyo. Desde aquí necesitaremos tener más precaución— dijo Santoro, que tenía el rostro muy pálido. Miró a los otros policías y luego se dirigió a Ferro: —Necesito un arma larga.
El comisario le dijo al Curita: —Siciliani, dale la ametralladora a Santoro y quedate en la retaguardia.
El Curita quiso protestar, pero antes de que pudiera decir algo, Falco ya le había quitado el arma.
—Cuidá nuestras espaldas. No sabemos por dónde nos atacará— le dijo Falco, tratando de suavizar el momento.
Falco pensó que Ferro se había equivocado al llevar a un tipo como el Curita a un lugar como ese. Creía que la oficina era el mejor lugar para Siciliani. Era el mejor escribiente que había conocido jamás...

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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