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11 de septiembre de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 15


Resumen: La Policía rodeó el campo en que se encuentra atrincherado Nahuel Piedra y comienza el operativo para capturarlo vivo o muerto   (Lea el capítulo anterior )


Caminaron a campo traviesa, los borceguíes hundiéndose en la tierra impregnada de agua. Santoro encabezaba el grupo de policías. Lo seguían el comisario Ferro, el oficial principal Falco y los cuatro jóvenes agentes.
Sólo se escuchaba el chapoteo de los pies y la esforzada respiración de los hombres, además del tintineo metálico de las correas de las armas largas.
—¡Bajen la cabeza!— ordenó Ferro.
Si bien habían dado un gran rodeo a través de un campo vecino y desde allí no se podía ver la casa de los Felder, Ferro temía que cualquier error pudiera dejarlos expuestos al francotirador.
Al comisario le preocupaba el estado del cabo Pérez, que, según le explicaron, fue trasladado de urgencia a Tandil. Pero más aún le preocupaban los cuatro jóvenes milicos del grupo.
Sabía que se había equivocado al traer a aquellos muchachos, pero no podía distraer a los oficiales más experimentados de tareas necesarias para mantener asegurada una ciudad de casi 70.000 habitantes. Aunque dada la situación, tal vez debió arriesgarse más y llevar al campo a los más veteranos.
Ferro pensó en aquellos jóvenes. Por su edad, todos podían ser sus hijos. El mayor era el agente Castro y tenía apenas 22 años. Aunque se notaba que aquello le gustaba, era hijo y nieto de policías y parecía tener madera para el trabajo.
Luego estaba Benítez, un muchacho callado, que sin duda estaba allí por el magro sueldo de Policía. Tenía el aspecto duro de los que han vivido en la miseria y no se dejan amedrentar por la situación.
En tanto, el agente Díaz era de esos que siempre caminan por la cornisa, que no diferencian los límites entre la ley y el delito y que disfrutan con la violencia.
El último y más particular de todos era Siciliani, un muchacho rubio y delgado que antes de ingresar a la Policía había pasado por un seminario católico con intenciones de convertirse en sacerdote. Por eso le decían el Curita.
Aunque, si era por la edad, al comisario también le debía preocupar Santoro, que a pesar de su experiencia como soldado, no tenía más de 23 años.
—Bueno, estamos llegando al arroyo. Desde aquí necesitaremos tener más precaución— dijo Santoro, que tenía el rostro muy pálido. Miró a los otros policías y luego se dirigió a Ferro: —Necesito un arma larga.
El comisario le dijo al Curita: —Siciliani, dale la ametralladora a Santoro y quedate en la retaguardia.
El Curita quiso protestar, pero antes de que pudiera decir algo, Falco ya le había quitado el arma.
—Cuidá nuestras espaldas. No sabemos por dónde nos atacará— le dijo Falco, tratando de suavizar el momento.
Falco pensó que Ferro se había equivocado al llevar a un tipo como el Curita a un lugar como ese. Creía que la oficina era el mejor lugar para Siciliani. Era el mejor escribiente que había conocido jamás...

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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Admin

Agua de muerto: Capítulo 14


Resumen: A kilómetros de distancia del arroyo Colonquelú inicia el operativo para reducir a Nahuel Piedra, que ha herido a un policía y podría haber matado o tener como rehenes a varias personas de su familia   (Lea el capítulo anterior )


Nahuel Piedra miró al cielo. Hacía días que había parado de llover y estaba completamente despejado, pero aún así escuchó un extraño ronroneo.
Estaba otra vez tirado en el piso del gallinero, rodeado de varias armas: dos carabinas calibre 22, un Winchester, una revólver calibre 32 y un viejo pistolón.
Era el ronroneo de un motor, lo extraño era que pareciera descender del cielo… Luego de unos instantes comprendió: era un avión.
Se levantó de un salto y corrió fuera del gallinero.
Giró sobre sus talones, en medio del patio, mirando hacia arriba, tratando de ver el avión en el celeste infinito, pero no lo encontró.
Luego, cerró los ojos y trató de oír de dónde provenía el ronroneo. Los abrió a tiempo para ver el vuelo rasante de una avioneta sobre el horizonte, hacia el Norte.
El aparato pareció descender a lo lejos, tal vez dos kilómetros, en algún campo vecino.
En medio de su confusión, Nahuel Piedra comprendió que aquello no era bueno. Por allí nunca descendían avionetas, así que sólo se podía significar una cosa: venían por él.
Y no se equivocaba. A unos dos mil metros al Norte del campo de los Felder descendió una avioneta en la que se apretujaban el piloto y seis policías armados como para una guerra.
Cuando el aparato tocó tierra, descendieron del avión el comisario Ferro, el oficial principal Falco y otros cuatro policías.
A unos metros de la improvisada pista, esperaba un destartalado patrullero de la Subcomisaría de Juan N. Fernández.
Con las manos en la cintura, sin preocuparse demasiado por la prominencia de su abdomen, esperaba el suboficial Santoro.
En otras circunstancias, el comisario Ferro no se hubiera quedado con las ganas de decirle a Santoro que era un inconsciente,  poco profesional e incluso se hubiera acordado de la madre de aquel milico impertinente, pero no era el momento.
Además vio los ojos de Santoro y pensó que si había pelea, era mejor tener a ese hombre de su lado.
—¡Comisario Ferro! ¡Buenos días, señor! Lo estaba esperando. He estado estudiando la situación— dijo Santoro. Su cuerpo en posición de firme parecía contradecir a su poco creíble y salamera entonación.
El comisario conocía a algunos hombres como aquel suboficial. Por lo general duraban poco en la fuerza. Eran impertinentes, rebeldes y detestaban la autoridad. Pero sin dudas eran hombres necesarios, ya que su irreverencia los llevaba a actuar distinto a cualquier otro policía, lo que podía ser útil en una corporación que se caracteriza por tener dos tipos de individuos, los que les gusta dar órdenes y los que las obedecen ciegamente.
La independencia de carácter de Santoro quedó en evidencia cuando le comenzó a explicar al comisario que había realizado un relevamiento del terreno en torno al campo de los Felder y que lo más recomendable era dar un largo rodeo para acercarse a la casa por la ribera del arroyo, para no quedar tan expuestos al fuego del tirador.
Sin dudas aquel milico tenía experiencia en estrategia militar. El comisario creyó recordar que alguien le había contado que Santoro estuvo en el Ejército y luchó contra el terrorismo en Tucumán.
—¿Cuántos hombres tiene?— quiso saber Ferro.
—Somos cuatro, comisario. Tal vez podamos traer algún milico más de Claraz. El problema es que el único que ha estado bajo fuego soy yo— dijo Santoro, por primera vez dejando traslucir algo de inquietud en sus palabras.
—Bueno, los que yo traje tampoco son muy experimentados, aunque en una situación como esta, con un francotirador, supongo que usted es el único que tiene experiencia— contestó Ferro.
Santoro no le dio importancia al halago, si había algo de lo que no se sentía precisamente orgulloso era de haber combatido a los subversivos en el monte tucumano.
Luego se dio cuenta de que Ferro no pretendía halagarlo, sino que se trataba de una forma solapada de ponerlo al frente del grupo que iba a tratar de reducir al enajenado tirador.
Santoro sintió un escalofrío. Hacía apenas cinco años, durante el servicio militar, había tenido la desdicha de ser uno de los conscriptos elegidos para ir a combatir en el Operativo Independencia. A pesar de que no podía decirlo, porque se lo habían prohibido, era un veterano de guerra.
Esa guerra sucia, que se pareció más a una cacería humana, le enseñó muchas cosas de las que no quería acordarse. Pero, finalmente, parecía que aquella experiencia iba a servirle para algo.
—Será mejor que mis hombres se queden donde están, en la entrada del campo y que desde allí realicen unos disparos para distraer al sujeto— le explicó Santoro al comisario, aunque en realidad parecía estar pensando en voz alta.
—Mientras tanto, nosotros cruzaremos un campo vecino para llegar hasta el arroyo y por allí avanzaremos hasta la casa. El gallinero en el que se encuentra parapetado el tirador está del otro lado de la vivienda, así que no nos verá llegar—precisó.
El oficial Falco, que se había mantenido callado hasta el momento, preguntó quién era el francotirador y cuántas armas podía tener.
—Se llama Nahuel Piedra, tiene 49 o 50 años, es alcohólico y extremadamente violento. Según su primo tiene un Winchester y otras armas, pero al cabo Pérez le disparó con una carabina 22 a más de 150 metros y casi lo mata, lo que demuestra que es un gran tirador.
—Demasiado— refunfuñó Falco.
—Bueno, vamos, no tenemos todo el día— gritó Ferro a sus hombres.

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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1 de septiembre de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 13


 Resumen: Nahuel Piedra recuerda la demencial secuencia de hechos ocurridos en los últimos días y el fantasma de la niña india vuelve a aparecer para incitarlo a seguir con su irracional venganza   (Lea el capítulo anterior )


El comisario Ferro se sentía asqueado. En sus años de policía había visto más miserias de las que cualquier persona "normal" podría siquiera imaginar, pero en la última década el mundo parecía haber enloquecido. 
Su padre fue policía y le enseñó algo que muchos tardan toda la vida en entender: hay hombres que el único lenguaje que comprenden es el de la violencia.
Por eso deben existir otros dispuestos a aplicar la violencia para defender a los mansos. Esa es en esencia la tarea de los soldados y de los policías. De los pocos que se animan a hacer ese trabajo, no todos están dispuestos a ensuciarse las manos para defender intereses de una comunidad que siempre los mira con recelo y que incluso los trata despectivamente.
Pero hacía ya tiempo que todo se había trastocado. La política convirtió a policías como el comisario Ferro en simples peones de un juego macabro. 
La vorágine de violencia iniciada por el terrorismo a principios de los 70, se convirtió en una masacre con la llegada de los militares en el 76.
En los cuatro años que siguieron hasta ese mayo de 1980, el comisario Ferro vió más violencia que en sus anteriores dos décadas de servicio en la Policía.
Pero nada lo preparó para lo que comenzaría a vivir aquella húmeda mañana, cuando un subalterno le informó que un policía había sido baleado en un campo cercano al arroyo Colonquelú.
—Estamos incomunicados, comisario. Recibimos una llamada telefónica de la subcomisaría, donde el oficial Santoro nos avisaba que el cabo Pérez recibió dos disparos. Pero no sabemos nada más, porque Santoro fue hasta el campo y por la radio no nos podemos comunicar.
—¿Pero qué pasó?
—Por lo que le pude entender a Santoro, el cabo Pérez fue junto con un tal Rodo Felder hasta un campo donde viven los hermanos de éste, porque hacía muchos días que no los veía y sospechaba que un primo suyo, un tal… Piedra, que el testigo había visto armado, pudiera haberles hecho algo…
Ferro se llevó las manos al rostro y se apretó los ojos. Se sentía cansado a pesar de que apenas eran las 10 de la mañana y se había levantado hacía menos de tres horas.
—A ver si entiendo— dijo el comisario, aún cubriéndose los ojos con las manos. — Este tal Felder cree que su primo, al que vio armado, pudo hacerle algo a sus hermanos y concurrió a la subcomisaría para pedir que lo acompañen hasta el campo de su familia…
—Sí, señor. Parece que el cabo Pérez acompañó a Felder y cuando llegó al campo alguien los atacó a tiros…
—Seguramente el primo de Felder…
—No lo sabemos señor, el oficial Santoro no lo dijo cuando comunicó la novedad. 
—¡...Y este pelotudo de Santoro se fue solo al campo!
El comisario Ferro, que alguna vez había sido oficial principal en un destacamento rural sabía lo peligroso que era movilizarse solo en lugares como esos. Se corría el riesgo de ser asesinado y desaparecer sin dejar rastros.
—¡Mierda!— gritó Ferro y golpeó con el puño su desgastado escritorio. 
Debía reunir información lo más rápido posible y enviar apoyo a Santoro, lo que se hacía muy difícil con las rutas cortadas por la inundación y campos cubiertos por el agua. 
—¿Está el loco?
El subalterno dudó en responder, sabía que así le decían al oficial subinspector Hugo Falco, el policía más duro y temerario de la dependencia. Sólo los oficiales de más jerarquía se animaban a llamarlo “El loco”.
—Llegó hace un rato, señor. Pero no sé donde está…
—Bueno, vaya a buscarlo. Si no lo encuentra en la dependencia, mande a alguien a la calle que lo busque y vuelva enseguida. ¡Rápido!
A Ferro no le gustaba tratar mal a sus hombres, ni siquiera al más joven de sus subalternos, sabía que el respeto y la fidelidad no se consigue a los gritos ni a los golpes. Sin embargo, aquella era una mañana distinta, tenía un mal presentimiento, se sentía cansado y hubiera dado cualquier cosa por estar con su esposa y sus hijos en su querida ciudad de La Plata.
Hacía apenas un año estaba destinado en Necochea, una ciudad por la que siempre había sentido un cariño especial y a la que conocía desde chico, porque a su padre le gustaba pasar las vacaciones allí. El viejo Ferro decía que Necochea tenía las mejores playas de la Argentina.
—¡Buen día, comisario!— la voz de Falco llegó desde el pasillo, antes de que el hombre entrara a la oficina.
El oficial subinspector parecía mucho más joven de lo que en realidad era. De mediana estatura, morocho y con un bigote fino y cuidado, tenía más aspecto de oficinista que de policía. 
Sin embargo, la mirada de Falco no era la de un oficinista. Los ojos del policía parecían estar constantemente evaluando posibilidades: un lugar por donde escapar o donde pertrecharse, un movimiento sospechoso…
A Ferro le llamó la atención que Falco estuviera vestido de civil. Llevaba puesto un traje gris, un tanto arrugado y una colorida corbata a rayas negras y doradas.
El comisario estuvo tentado de preguntarle a qué se debía que estuviera vestido de esa forma, pero prefirió comunicarle la situación.
—Muy bien, señor. Voy a ver de cuántas líneas de teléfono podemos disponer para ponernos en contacto con el delegado municipal y algunos vecinos a fin de conocer la situación en el pueblo. También trataré de hablar con ese tal Rodo Felder, para que nos informe del atacante, las armas con las que podría contar y el lugar donde está apostado. 
—Bien, Falco. Yo trataré de conseguir una avioneta para poder volar hasta ese campo, en caso de que sea necesario…
El oficial subinspector salió de la oficina tan rápido como había entrado. Entonces el comisario se dirigió hacia su joven subalterno, que estaba otra vez cuadrado junto al escritorio.
—Dígame, ¿sabe por qué Falco está vestido así?
—Siempre se viste así, señor. Se pone el uniforme cuando llega a la comisaría, pero hoy todavía no ha tenido tiempo…

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
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25 de agosto de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 12


 Resumen: La policía rodea la casa en la que se encuentra atrincherado Nahuel Piedra  (Lea el capítulo anterior )

Nahuel Piedra miró el arma que tenía en las manos y se preguntó qué estaba haciendo tirado en el piso del gallinero. No recordaba nada desde…
Miró a su alrededor. Cuarenta años antes, cuando él era un niño, aquellas tres paredes descascaradas, que dejaban ver los ladrillos y el barro sobre el que estaban asentadas, eran parte de la habitación de su tío Pedro Felder.  
Ahora, un alambre tejido servía de cuarta pared y evitaba que las gallinas se escaparan al montecito que había detrás de la casa nueva, que en realidad lo único que tenía de nuevo era el nombre, porque había sido construida por sus primos hacía ya más de 30 años.
Nahuel se dio vuelta y quedó de espaldas en el piso alfombrado de bosta de gallinas y entonces vio los casquillos de los proyectiles que había disparado.
Entonces comenzó a recordar, como si despertara de un sueño. Unas horas antes había disparado contra un…
Pese a su corpulencia y su sobrepeso, Nahuel se puso de pie de un salto y salió corriendo del gallinero en dirección a la casa nueva.
Las pesadas botas de goma que llevaba puestas lo hicieron tropezar, chocó contra la puerta del gallinero y la arrancó de sus endebles bisagras. 
Se le cayó el arma y un insulto escapó de su boca, pero no le importó, se puso de pie y corrió hacia la casa.
La puerta y las ventanas estaban cerradas y al entrar sus ojos tardaron en adaptarse a la oscuridad, pero inmediatamente un olor nauseabundo golpeó su olfato.
Contuvo la respiración para no volver a aspirar ese aire contaminado y luego, lo más rápido que pudo, abrió las puertas y ventanas de la casa.
A pesar de la ventilación, el aire seguía siendo irrespirable en el interior de la vivienda y Nahuel sabía muy bien porqué, aunque no quería mirar y menos recordar.
Salió al patio, recogió el arma que se le había caído y el contacto con el metal fue como un golpe en la boca del estómago.
Lo asaltó la imagen su primo José.
—No, por favor, por favor— suplicaba.
Lo recordaba perfectamente. José estaba en la cama, tapado con una cobija vieja. Parecía un pobre hombre inocente, pero era igual a todos ellos.
Nahuel sintió asco y apretó el gatillo de la carabina.
El disparo perforó la cobija y agujereó el pecho de José.
Después fue cuestión de unos larguísimos segundos, mientras agonizaba, José preguntó varias veces por qué y cayó para atrás, sobre la cama.
Al recordarlo, Nahuel sintió algo que se revolvía en su estómago y vomitó en el patio.
Sí, en el interior de la casa estaba el cadáver de José, pudriéndose en la misma cama que había dormido en los últimos 30 años.
Pero no era el único foco de pestilencia. Si bien era el primero que había muerto, no era el último.
En el otro dormitorio, en el piso, estaba el cuerpo de Abel. Y en la cocina, el de Juan.
Aunque Nahuel había perdido la noción del tiempo, creía recordar que había matado a José y Abel en la mañana del martes y a Juan el sábado, cuando fue a preguntar por sus hermanos.
El domingo Nahuel había estado a punto de disparar contra su primo Rodo, que también fue a preguntar por sus hermanos, pero no entró en la casa.
Pero sí disparó contra Rodo 24 horas después, cuando volvió al campo acompañado por un policía. El pobre milico tuvo menos suerte: recibió varios tiros.
Nahuel trató de recomponerse y dejar de pensar por un momento. Uso el arma como bastón para ponerse de pie. Pero en ese momento escuchó algo que le erizó la piel.
Conocía muy bien ese rumor de cien caballos galopando, gritos y silbidos. Había comenzado a escuchar el ruidoso avance de los malones cuando era un niño, poco después del incidente del arroyo. Por momentos pensaba que los vería aparecer, cientos de indios a caballo, con sus lanzas y boleadoras. 
Pero nunca los vio, aunque hubiera preferido eso a que apareciera ella. No necesitaba verla. El aire se contaminaba con un olor a podredumbre de décadas. Nahuel se dio vuelta y vio los pies de la niña envueltos en cueros.
La indiecita comenzó a hablar en una lengua cargada de eñes y elles. Nahuel nunca había aprendido esa lengua, pero comprendía perfectamente lo que ella decía.
—Pronto los huincas volverán—dijo la niña con un rictus maligno. —Deberás matarlos a todos, vengar nuestra sangre.
La vocesita de la indiecita era hipnótica y por un momento Nahuel la vio como era antes de ser ese espectro putrefacto, cargado de un odio y de una locura de años, producto de deambular en aquel lugar que los aborígenes llamaban el País del Diablo.
—Mirá lo que nos hicieron— dijo la niña levantándose el poncho y dejando al descubierto las mutilaciones.
—Nos golpearon, nos cortaron, nos rompieron, nos violaron, nos mataron. A todas nosotras: niñas, jóvenes y viejas.
Nahuel comenzó a llorar como cuando era un niño y apretó fuerte el arma. 
La pequeña siguió hablando en esa lengua antigua y olvidada:
—La madre de tu padre pudo haber sido una de nosotras, por eso te llamas Nahuel... Nahuel Cura…
En ese momento la niña desapareció y con ella el olor y el murmullo de malones.
Nahuel significaba tigre y Cura, piedra. 
En ese momento comprendió que necesitaba más armas. Aunque sabía que no podría con todos los que iban a llegar. Al final lo aplastarían.
Cuando se acercara el final trataría de ir hacia el arroyo. Quería que su osamenta descansara en el lecho del arroyo, con las de todos los que esos malditos habían matado...

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
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22 de junio de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 11


Resumen: Tras un enfrentamiento a tiros con Nahuel Piedra, el policía que iba a indagar el destino de los hermanos de Rodo Felder, resulta herido de gravedad (Lea el capítulo anterior )


El oficial principal Santoro conocía a un cobarde cuando lo veía. Y sin dudas Rodo Felder era un cobarde, aunque se había jugado el pellejo para salvar al cabo Pérez de una muerte segura.
Después que llevó al cabo gravemente herido desde el campo de sus hermanos hasta el pueblo y vio que Pérez estaba a salvo, Felder se puso a temblar inconteniblemente.
Santoro le pidió que lo acompañara de nuevo al campo para que le indicara dónde estaba escondido el tirador que disparó contra Pérez, pero Felder se negó, sin duda la experiencia vivida era demasiado violenta para sus nervios y no le importó lo que pensaran de él.
Si realmente había ocurrido lo que él creía, sus tres hermanos ya estaban muertos y su primo Nahuel Piedra, a quién en algún momento de su vida también consideró un hermano, no iba a vivir mucho más.
Por eso ya no le importaba nada. Le sugirió a los policías que esperaran a que Piedra saliera de su escondite, que no se arriesgaran.
Pero Santoro estaba enfurecido. Quería acabar con Nahuel Piedra y junto a los otros tres policías que tenía a su disposición, subieron en un patrullero desvencijado y salieron rumbo al campo de los Felder. No pasó por su cabeza la idea de pedir refuerzos.
Felder quedó entonces solo en el destacamento, temblando en un rincón. Su mente no podía dejar de revivir las experiencias de las últimas 48 horas.
Comenzó a sonar el teléfono y no había nadie en el destacamento para contestar la llamada. Tras dudar un instante, Rodo levantó el tubo…
En tanto, el oficial principal Santoro ya había llegado al campo. Apostó a sus hombres frente a la tranquera, saltó el alambrado y se dispuso a acercarse lo más posible a la casa. Cuando creyó estar en el radio de tiro del francotirador, se arrojó al piso y avanzó arrastrándose. Llegó hasta unos arbustos, se levantó despacio y caminó unos pasos.
Sabía que lo estaban observando y que en cualquier momento podían dispararle. Si eso ocurría, era posible que sintiera instantáneamente un desgarro en la carne. Se imaginó herido y arrastrándose hacia el patrullero que se encontraba a unos 100 metros.
Luego, mientras avanzaba agazapado unos pasos más, tuvo la certeza de que si recibía un tiro, no sería una herida grave, ya que a la distancia que se encontraba el tirador, la efectividad de un proyectil calibre 22 era escasa.
Después pensó en el cabo Pérez, que era trasladado de urgencia con una herida en pecho hacia un hospital de Tandil y se detuvo en seco.
No era buena idea estar allí. Recordó lo que le había dicho Rodo Felder. Si bien el viejo era un cobarde, estaba en lo cierto. Lo mejor era esperar que llegaran los refuerzos desde Necochea.
Se tiró cuerpo a tierra y miró hacia la casa de los Felder. Se encontraba a una distancia de unos 150 metros y apenas podía ver el techo del gallinero que se encontraba a un lado de la casa.
Según le había explicado Rodo Felder, allí se encontraba atrincherado Nahuel Piedra con una carabina 22. El tirador tenía otras armas, pero parecía que ninguna con  más alcance que la carabina.
A pesar de que Santoro era un hombre muy joven e impetuoso, que siempre actuaba antes de pensar, cuando pasaba la primera oleada de adrenalina, podía ser un gran estratega.
Observó con detenimiento los distintos puntos por donde se podía rodear al tirador sin exponerse demasiado. Se convenció a sí mismo de que estaba allí como observador y que debía tener un panorama completo sobre la situación para cuando llegara el comisario Ferro desde Necochea.

CONTINUARÁ ...
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©  Juan José Flores, 2021
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16 de junio de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 10



Resumen: Tras visitar a su primo Nahuel Piedra, Rodo está cada vez más seguro de que a sus hermanos le ha ocurrido algo muy malo  (Lea el capítulo anterior )

El viento se arrastraba como un dragón invisible y despeinaba la melena de yuyos del campo. La tierra estaba húmeda y el frío calaba los huesos. El cabo Pérez bajó de la camioneta y mientras con una mano cerraba la pesada puerta del vehículo, con la otra debió sostenerse la gorra para que no se le volara.
Era un día de sol, pero el ruido acuoso arrastrado por el viento recordaba inmediatamente que a pesar del cielo despejado, esa zona se encontraba atravesando por una de las inundaciones más destructivas de los últimos cien años. 
—¡Quédese ahí!— le gritó el cabo Pérez al hombre que estaba dentro de la camioneta, que no se había movido y no parecía tener ninguna intención de bajar.
Pérez trató de escuchar algo por encima del sordo sonido del viento. Apenas escuchó el griterío de los teros a lo lejos.
Cruzó el camino hacia la tranquera del campo de los Felder. Allí vivían los hermanos de Rodo Felder, el hombre que permanecía aterrorizado en el interior de la camioneta. 
Cuando bajó del asfalto al camino de tierra que lo llevaba a la tranquera, Pérez sintió sus borceguíes hundirse en la tierra blanda y resbaladiza. La cadena que mantenía cerrada la tranquera estaba asegurada con un candado, así que el cabo comprendió que allí nadie era bienvenido.
Dos filas de árboles flanqueaban el camino hacia la casa, que se encontraba a unos 300 o 400 metros de la ruta. Antes de saltar por encima de la tranquera, trató de divisar algún movimiento en la casa, de la que sólo se veía el techo que sobresalía sobre unos árboles petisos.
No vió nada y el cabo decidió meterse en el campo. Se preguntó si era buena idea. Si era cierto lo que le había dicho Rodo Felder, sólo había un hombre en el campo, estaba armado y era muy peligroso. 
El cabo Pérez conocía perfectamente a Nahuel Piedra, un sujeto borracho y pendenciero, primo de los Felder.
En los últimos años los policías del pueblo habían encerrado innumerables veces en estado de ebriedad a Piedra, siempre por provocar peleas y daños.
Mientras caminaba hacia la casa, esquivando los charcos del camino, el cabo Pérez se repitió que no era buena idea ir solo allí, pero no le quedaba otra opción.
Una hora antes Pérez tomaba mate en la guardia del destacamento de Policía, mientras escuchaba la radio. Todo pintaba para ser otra mañana tranquila, cuando de pronto se abrió la puerta e ingresó Rodo Felder, con el rostro muy serio.
Le explicó al cabo que hacía días que no veía a ninguno de sus tres hermanos y que pensaba que algo malo les había ocurrido. 
Sabía que al menos su hermano Juan debía estar en el campo de la familia, porque el día anterior había visto su auto allí, pero cuando fue a buscarlo, al único que encontró fue a su primo Nahuel Piedra, quien lo echó del lugar y lo amenazó para que no volviera.
Rodo no estaba seguro de nada, pero temía lo peor, porque después de 24 horas, seguía sin saber nada de sus hermanos y el auto de Juan había desaparecido.
En aquellos días el pueblo estaba prácticamente incomunicado, ya que la radio no funcionaba, así que el cabo Pérez habló con un vecino del destacamento y le pidió que le avisara al oficial principal cuando llegara, que él iba al campo de los Felder.
Luego ambos hombres salieron en la camioneta de Rodo, pero cuando llegaron al lugar, Felder no se quiso bajar y el cabo Pérez comenzó a caminar solo hacia la casa.
Mientras veía al milico alejarse, Rodo se sintió un cobarde y comprendió que no debió haberlo dejado ir solo.
Fue entonces que escuchó, amortiguados por el viento, el sonido de los disparos y vio, como a 150 metros de distancia, que el cabo Pérez se tambaleó y cayó.
Luego de unos instantes, en los que Rodo creyó que el policía había muerto, el cabo comenzó a moverse y después a arrastrarse hacia una de las filas de árboles y finalmente se ocultó detrás del grueso tronco de un eucaliptus.
A pesar del miedo, que parecía bombear en sus venas con cada pulsación del corazón, Rodo Felder bajó de un salto de la camioneta y, pese a sus casi 60 años, corrió hacia la tranquera y como pudo la trepó y la saltó.
Por el sonido de las detonaciones que había escuchado, sabía que su primo Nahuel Piedra portaba una carabina 22 e imaginaba donde estaba oculto, así que hasta unos 100 metros de la casa, no había peligro de ser impactado con un disparo. 
Agazapado, para minimizar los riesgos de que Nahuel le disparara, Rodo caminó junto a la fila de árboles en la que estaba oculto el cabo Pérez. Esperaba escuchar algún disparo, pero su primo no tiró, sin duda estaba esperando que se acercara más.
Llegó hasta unos 10 metros de donde se encontraba Pérez y se ocultó detrás de un árbol. Nahuel debía estar parapetado en el gallinero que estaba detrás de la casa, a la derecha, por lo que Rodo se asomó por la izquierda.
Sabía que su primo era muy buen tirador y que en los próximos diez metros que avanzara hacia el policía herido, estaría expuesto a recibir un disparo. Aunque estaba a unos 150 metros del gallinero, así que, a menos que Nahuel utilizara un arma de grueso calibre, a esa distancia, era muy difícil que lo matara.
Pero Rodo no se detuvo mucho a pensarlo, porque con cada segundo que pasaba, el otro tendría más tiempo para afinar la puntería, además, él ya era un viejo que no podía moverse muy rápido.
Se agachó y corrió hacia Pérez. Entonces escuchó uno, dos disparos. Pero como lo había imaginado, Nahuel no le acertó. El problema sería dar marcha atrás, esos diez metros, arrastrando al policía. 
El cabo Pérez tenía dos heridas de bala en el pecho y respiraba con dificultad. Sería muy difícil que pudiera caminar y menos correr, para alejarse del lugar. 
A pesar de la enorme angustia que sentía en ese momento y del miedo que lo hacía temblar de pies a cabeza, Rodo tuvo un momento de lucidez. Supo que debía tranquilizarse, así que respiró profundo y por un momento se tapó la cara con las manos.
Luego, en un gesto automático, como siempre que debía pensar, se quitó la gorra de visera con una mano y con la otra se peinó sus encanecidos y escasos cabellos. En ese momento vio a unos metros, justo en el medio del camino, la gorra del cabo Pérez y comprendió la irracionalidad de todo lo que estaba sucediendo. 
Rodo había sido toda la vida un trabajador rural y estaba acostumbrado a la rutina. Muchas veces el trabajo consistía en hacer cosas que no le gustaban, pero a pesar de ello lo hacía. 
Comprendió que en ese momento debía hacer una de esas cosas que no quería, pero que eran necesarias. Tendría que cargar al cabo Pérez y caminar lo más rápido posible fuera del alcance de la carabina de su primo. No importaba el miedo o la angustia, era algo que debía hacerse para continuar con vida.
—Cabo, debe ayudarme un poquito— dijo Rodo mirando fijamente a Pérez, cuyo rostro horrorizado mostraba lo que le estaba costando respirar. 
—No voy a poder caminar mucho, debería dejarme acá y pedir ayuda…
—Ni lo sueñe. Si lo dejo acá, va a morir desangrado o él se acercará y lo rematara— le explicó Rodo, incrédulo de su propia frialdad para analizar la situación. —Lo mejor será que me ayuda a ponerlo de pie, apoyándose en el árbol. Después yo lo voy a cargar sobre mis hombros y lo voy a llevar hasta la camioneta.
—Nos va a matar a los dos— dijo Pérez, que ya parecía muy cansado y sin fuerza para intentar un escape.
—¡No hable más y ayúdeme!— le ordenó Rodo Felder con tono autoritario.
Acostumbrado a recibir órdenes, el policía se apoyó en el árbol y con gran esfuerzo y la ayuda de Felder, se pudo poner de pie.
Rodo se agachó y como si el cuerpo del policía fuera una bolsa de papas, lo cargó sobre uno de sus hombros, tratando de mantenerse firme detrás del árbol, para no darle oportunidad a su primo de volver a disparar.
Luego giró y miró hacia el árbol más cercano. Sólo había diez metros hacia la protección del tronco de aquel grueso eucaliptus, pero en ese momento para Rodo la distancia parecía mucho más grande y su velocidad estaría disminuida por el peso del cuerpo del policía.
Pero no se detuvo a pensar, comenzó a caminar. Esta vez escuchó al menos tres disparos, incluso el impacto de un proyectil sobre el tronco del eucaliptus cuando finalmente cruzó los 10 metros.
A pesar del peso de Pérez y de lo difícil que era soportarlo, Rodo no se detuvo, siguió caminando. Se escucharon más disparos, pero sabía que ya era muy difícil que lo alcanzaran.
Cuando se hubo alejado unos 20 metros más, volvió al centro del camino. 
No creía poder llegar caminando con Pérez al hombro hasta la ruta, pero de alguna manera pudo hacerlo. Lo más difícil fue pasar el cuerpo del policía sobre la tranquera y luego arrastrarlo hasta la camioneta. 
Cargó a Pérez en la caja y lo cubrió con una lona y unas mantas. 
—Aguante cabo, ya estamos a salvo— le dijo Rodo. 
El policía tenía el rostro muy pálido y de pronto ya no parecía un muchacho de veintitantos años, sino un adolescente...

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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7 de junio de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 9


Resumen: Rodo Felder teme por la seguridad de sus hermanos, que han desaparecido, y va a visitar a su primo Nahuel Piedra (Lea el capítulo anterior )


No recordaba cómo llegó hasta la casa, en qué momento venció su indecisión y temor y entró al campo.  
El rostro perturbado de su primo Nahuel Piedra era el primer recuerdo que tenía de esas horas en las que comprendió que todos sus miedos tenían justificación.  
Nunca olvidaría esos ojos, negros como dos pozos sin fondo y tan quietos como los de un muerto. 
―¿Qué hacés acá? 
Las palabras salieron de la boca de Nahuel Piedra como un escupitajo. 
Rodo Felder sintió la garganta reseca y la respuesta se le atoró.  Tosió. Finalmente pudo hablar... 
―Vi que el auto de Juan estaba en la tranquera y… 
―Se fue… 
―¿Y José y Abel? 
―También se fueron. 
―¿Se fueron con Juan? 
―Sí... 
―¿Adónde fueron? 
Nahuel Piedra pareció interesarse en Rodo por un momento, pero fue peor aún, porque sus ojos cobraron vida y dejaron traslucir un odio y un desprecio que estremecieron a Felder. 
―No sé a dónde fueron ni me importa, pero me dejaron a cargo del campo y me ordenaron que no permitiera entrar a nadie a la casa. 
Con cada palabra que Nahuel decía, el tono de su voz subía y al terminar la frase casi gritaba. 
Hasta ese momento Rodo no se había percatado de que Nahuel tenía un arma. 
El rostro de Rodo debió mostrar el horror que sintió, porque su primo intentó por primera vez parecer conciliador. 
―Estoy cazando palomas porque no tengo nada para comer― dijo, como disculpándose. 
Rodo iba a decir algo, pero se detuvo al ver que el rostro de su primo había vuelto a cambiar y que sus ojos otra vez estaban muertos. 
―¿Vás a ir al pueblo?― preguntó de pronto. 
Felder intentó pensar en alguna excusa, pero Nahuel lo interrumpió. 
―¿Podés llevarme? Necesito comprar algunas cosas... 
Rodo no quería llevarlo, pero sin dudas era mejor que quedarse allí. Algo le decía que su vida en aquel lugar no valía nada y que su primo no tenía el arma para cazar palomas. 
Es más, no se veía ninguna paloma por allí, ni viva ni muerta... 
―Bueno, vamos, te llevo... Yo también tengo algo que hacer en el pueblo― dijo Rodo. 
Subir a la camioneta, a pesar de la inquietante compañía de Nahuel, le permitió a Rodo sentirse seguro. 
Su primo había dejado el arma apoyada en el poste del alambrado, a unos 20 metros de la entrada de la casa. 
Mientras ponía la camioneta en marcha y aprovechando que su primo se acomodaba en el asiento, Rodo pudo observar la casa. 
Trató de ver algún indicio de la presencia de sus hermanos, pero no había nada. La puerta estaba cerrada y también los postigones de las ventanas. 
Se trataba de una casa pequeña y humilde, que tenía dos dormitorios, baño y, en un mismo ambiente, comedor y cocina. 
La casa había sido construida unos 30 años antes y se le notaba la falta de mantenimiento. Estaba despintada y las tejas del techo enmohecidas. Los yuyos que crecían entorno a la vivienda no hacían más que empeorar su aspecto. 
Rodo recordó cómo se veía esa casa cuando la terminaron de construir y sintió una gran pena. 
Pero más pena le dio ver a unos 50 metros de distancia los restos de la vieja casa familiar. Las paredes que quedaban en pie se habían convertido en un gallinero. 
Más lejos, se veían las turbias aguas del arroyo, que estaba desbordado y amenazaba con seguir acercándose a la casa. 
―¿El agua creció mucho en el puesto? 
―Sí, llegó casi hasta la puerta, por eso me vine para acá. Calculo que si sigue creciendo va a tapar la casa― contestó Nahuel. ―¿Y en el campo de Mendoza, hay agua? 
―Sí, pero sólo en los lotes sobre el arroyo. Esas tierras son más altas― respondió Rodo y se dispuso a conversar. 
Pero Nahuel se acomodó en el asiento y tiró la cabeza hacia atrás, como para dormir una siesta. 
Rodo respiró aliviado. Si su primo se dormía no tendría que hablar. Ya no sabía que decir.  
―No quiero que me lleves al pueblo. 
Rodo se sobresaltó. 
―¿Y adónde te llevo? 
―Al club― contestó Nahuel sin abrir los ojos. 
Se refería a un boliche ubicado a unos 1.000 metros de allí, junto a la ruta. Décadas atrás, cuando aquellos campos formaban una de las prósperas colonias agrícolas del gobierno, aquel boliche era un club que incluso tenía un equipo de fútbol formado por los hijos de los colonos. 
Pero ya no quedaba nada del club, sólo el boliche. En cuanto a la colonia, el padre de Rodo, los Mendoza y otros vecinos habían comprado varios de los latifundios a los colonos. Luego el Instituto de Colonización desapareció. 
El viaje hasta el club fue de apenas unos minutos y aunque Nahuel parecía profundamente dormido, Rodo sabía que en realidad fingía para no tener que hablar.
Lo que quedaba del club era el salón de fiestas. Estaba subdividido para que funcionara en el mismo lugar el bar y un almacén de ramos generales…
A pesar del esfuerzo del cantinero, aquel lugar no dejaba de parecer lo que realmente era, un galpón de paredes descascaradas y sin cielorraso. Muy frío durante el invierno y muy caliente en verano.
Nahuel Piedra se sentía en aquel lugar como en su casa, a pesar de las innumerables discusiones que había tenido con el cantinero.
Ambos se odiaban, pero se necesitaban. El cantinero era el único que le vendía alcohol a Nahuel sin mirarlo raro y a pesar de lo pendenciero, mal hablado y borracho que era. A su vez, Piedra era el mejor cliente de la cantina y dejaba allí gran parte del dinero que le daban sus primos por el trabajo que hacía en el campo.
Nahuel pidió una picada y un vermouth. Rodo se disculpó y dijo que debía seguir camino hacia el pueblo, porque quería comprar algunas cosas en el boliche de su amigo Sepúlveda. Pero su primo no quería dejarlo ir.
—Tomate algo conmigo y después vamos a comer un pollo.
Ir a comer un pollo significaba volver al campo y Rodo no quería regresar allí, aunque también estaba intrigado por sus hermanos. ¿Qué había ocurrido con ellos?
José y Abel rara vez salían del campo y menos con Juan. Además, los rastros indicaban que el auto nunca volvió a la ruta. Un presentimiento horrible se apoderó de Rodo. ¿Y si aquel loco les había hecho algo? Quería volver al campo y ver con sus propios ojos que sus hermanos no estaban allí.
Sólo algún negocio importante o alguna urgencia podía haber obligado a los Felder a dejar todo en manos de su primo.
Pero ante una situación semejante le habrían avisado. Conocía a sus hermanos y sabía que eran incapaces de hacer cualquier cosa sin consultarlo. Para ellos, Rodo era como un padre.
Nahuel insistió con el pollo.  Hasta hacía unos minutos no tenía nada para comer y por eso cazaba palomas, pero de pronto lo invitaba a almorzar.
Pasaron una hora en el club. Nahuel tomó varios vasos de Gancia con hielo y limón. Luego compró unas botellas de vino y le pidió a Rodo que lo llevara de vuelta al campo. Era la 1 de la tarde.
A Rodo le aterrorizaba la idea de volver, pero, por otra parte, lo intrigaba el destino de sus hermanos.
Condujo despacio y al llegar frente al campo su primo se bajó de la camioneta. Rodo pensó que le abriría la tranquera para que entrara con la camioneta, pero no lo hizo. Simplemente caminó hacia la ventanilla del conductor, se acercó y cuando sus rostros estuvieron a unos escasos centímetros, le dijo muy bajo:
—Andate y no regreses. Si te vuelvo a ver por acá, te mato...

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
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2 de junio de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 8


Resumen: Un fantasmagórico personaje de las pesadillas de Nahuel Piedra reaparece en el arroyo (Lea el capítulo anterior)

La desesperación lleva a los hombres a realizar pequeñas acciones que en otras circunstancias serían incapaces de emprender. Rodo Felder era un hombre muy miedoso y no se avergonzaba de ello. Él mismo lo decía a cualquiera que estuviera interesado en escucharlo.
En circunstancias normales, no hubiera ingresado solo a la casa de su amigo Santiago Mendoza. Pero aquel día Mendoza se había ido al pueblo y Rodo necesitaba los prismáticos que estaban guardados en una pequeña habitación utilizada como oficina.
Desde niño, Rodo sentía una gran aversión hacia el caserón de la familia de Mendoza. Cuando se hizo hombre y fue a trabajar a aquel campo, su amigo le ofreció ocupar una habitación en la enorme casa, pero él se negó.  
Apenas se animó a entrar alguna vez a la cocina para tomar unos mates con Santiago y a la desordenada oficina donde Mendoza luchaba noches enteras para mantener en orden los papeles de su propiedad. 
A diferencia de la mayoría de las casas de la vieja colonia agrícola, que habían sido construidas en la década de 1940, la casona de los Mendoza era de fines del siglo XIX, luego de que la denominada Conquista del Desierto arrasó la población aborigen y acabó con cualquier posibilidad de ataque indígena.
Rodo recordaba que su padre le había dicho más de una vez que aquella casa estaba demasiado cerca del arroyo y que, como todo lo que se encontraba junto a esas aguas, la vieja edificación estaba maldita.
Todos los miembros de la familia Mendoza, excepto Santiago, parecían haber sufrido las consecuencias de esa maldición. Los que no huyeron de allí, enfermaron o murieron en forma violenta.
Por esa razón, Rodo sentía un rechazo irracional hacia esa casa. 
Aquel día, cuando ingresó a buscar los prismáticos, la enorme casona estaba a oscuras y los pasos de Rodo sonaron como martillazos sobre las baldosas. Pensó que en cualquier momento se abriría una puerta y algún extraño habitante le preguntaría qué estaba haciendo allí.
Se sintió como un cordero metiéndose en la boca del lobo, pero siguió adelante. Necesitaba los prismáticos. Todas las ventanas y puertas estaban cerradas, por lo que en el interior de la casa parecía de noche. No había luz eléctrica, así que tuvo que alumbrarse con una linterna. 
Al fin, tras caminar por un extenso pasillo, llegó a la pequeña  oficina. Allí había una ventana abierta, así que Rodo apagó la linterna y se dirigió al escritorio.
En el primer cajón, junto a un revólver y una caja de balas, se encontraban los prismáticos.
Apurado salió de la casa y se subió al molino que se encontraba en el centro del casco de la estancia.
Desde allí enfocó los prismáticos hacia el campo de sus hermanos y sólo pudo ver el techo de la casa. Nada más.
No se veía ningún movimiento. Ninguno de sus hermanos y menos aún a su primo. Y tampoco…
Rodo se sobresaltó. Al enfocar con los prismáticos hacia la entrada del campo notó con sorpresa que el auto de Juan ya no se encontraba allí. ¿Dónde estaba? Lo había visto en ese lugar hacía media hora.
Sin duda alguien salió a buscar el auto en el lapso que Rodo recorrió los 1.000 metros que separaban la entrada del campo de sus hermanos de la estancia de Mendoza.
Rebuscó el automóvil con los prismáticos y no lo halló.  Tal vez Juan salió del campo a pie, se subió al auto y volvió al pueblo. 
Rodo miró el reloj en su muñeca. Eran casi las 10 de la mañana. Sin dudas su hermano había regresado al pueblo. 
Respiró aliviado y bajó del molino. Definitivamente nada ocurría en el campo de los Felder.
Apurado, caminó hacia la casa, entró y dejó los prismáticos donde los había encontrado. 
Luego, con la linterna alumbró el piso para ver si había dejado rastros de tierra o barro. No quería que Mendoza descubriera su excursión a la oficina.
Por un momento dejó de pensar en los demás y sintió pena por él mismo. Hacía casi un día que daba vueltas sin rumbo, preocupado por sus hermanos.
Tal vez estaba enloqueciendo. Pasaba demasiado tiempo solo y fuera de su trabajo no tenía nada en qué ocuparse.
Rodo Felder se reprochó una vez más su timidez extrema y la cobardía que le había impedido formar una familia y hacer algo útil con su vida.
Con una enorme tristeza pesándole en el cuerpo, caminó lentamente hacia la humilde casita en la que vivía, a unos 100 metros del casco de la estancia. 
Mendoza siempre le insistía para que ocupara una de las habitaciones de la casona, pero si hubiera superado la aversión a la casa, igual se habría sentido fuera de lugar. Él prefería vivir en el puesto, con sus escasas pertenencias.
Su primera intención fue tirarse sobre la cama y dormir todo el día. No tenía nada que hacer ni a dónde ir. Pero después se avergonzó de su actitud y decidió cocinar algo y almorzar como Dios manda.
Sin embargo, se sentía tan triste que le dolía el pecho y le faltaba el aire.
Avergonzado de su propia debilidad, Rodo salió del puesto sin cerrar la puerta y caminó hacia la camioneta.
Eran las 11 de la mañana cuando puso en marcha el vehículo y aceleró. Instantes después tomó la ruta y se dirigió a toda velocidad hacia el pueblo, a la casa de Juan.
Su intención era pasar a toda velocidad frente al campo de sus hermanos, pero comenzó a reducir la marcha y finalmente se detuvo delante de la tranquera.
Bajó a la carrera del vehículo, había algo que quería ver y que podría devolverle la tranquilidad. 
Se paró en el lugar donde había estado detenido el auto de su hermano y miró el piso en busca de rastros. Pero no encontró lo que buscaba. 
Las ruedas del auto habían dejado huellas, pero no se retiraban hacia la ruta, ingresaban al campo. 
Rodo sintió un escalofrío. Se dirigió a la tranquera y vio que si bien tenía la cadena puesta, no estaba el candado. Estaba abierta, como si lo esperaran...

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
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25 de mayo de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 7


Resumen:  Las pesadillas de Nahuel Piedra comienzan a mezclarse con la realidad mientras el arroyo comienza a crecer (Lea el capítulo anterior )


Rodo Felder  tenía 60 años y era un hombre muy querido por su carácter amable y servicial.  Era de esas personas que prefieren pasar desapercibidas, humildes y con pocas pretensiones. De esas personas que en las conversaciones son las que prefieren escuchar a hablar.
Trabajaba desde hacía varios años en la estancia de su amigo Santiago Mendoza. La propiedad de su padre ya no era redituable  para él, sus tres hermanos y su primo Nahuel Piedra. Por eso Rodo prefirió dar un paso al costado.
El sábado 17 de mayo de 1980, alrededor de las 11 de la mañana, Rodo culminó sus tareas más urgentes en el campo de los Mendoza y decidió ir en la camioneta hasta el pueblo, para visitar a su hermano Juan y su familia.
Juan tenía 53 años, era el más joven de los Felder y también el único que se había casado y tenía hijos.  Como Rodo, Juan también había dejado el campo de la familia para irse a trabajar por su lado.
Para llegar al pueblo, Rodo debía pasar por el frente del campo de sus hermanos y aquel sábado, vio que el auto de Juan estaba estacionado junto a la ruta, frente a la tranquera.
La primera reacción de Rodo fue entrar al campo a tomar unos mates con sus tres hermanos, que hacía tiempo que no veía juntos, pero luego recordó que también estaba allí su primo Nahuel Piedra y dudó.
Por alguna razón, siguió su instinto y continuó camino rumbo al pueblo. Sabía que en unos días la hija más chica de Juan iba a cumplir 15 años y que toda la familia iría a la fiesta.
Rodo sentía cierta debilidad por Rocío, su sobrina más pequeña. Le hubiera encantado tener una hija como ella. 
Y Rocío compensaba aquel amor: para ella Rodo era su tío favorito y no dudaba en expresarlo.
Pero aquel día al llegar a la casa de Juan notó que algo andaba mal. Fue la propia Rocío la que le explicó lo que ocurría:
—Mamá y papá discutieron y él se fue al campo. 
—¿Pero, por qué?— quiso saber Rodo.
—No sé, hace mucho que se tratan mal, cada vez peor, diría yo. No sería extraño que se separen— dijo la chica con una tristeza que a Rodo le partió el corazón.
Era por eso que Juan estaba en el campo, seguro que con intenciones de quedarse con sus hermanos.
Rodo estuvo tentado de ir a ver a José, Abel y Juan, pero se fue al almacén del viejo Sepúlveda. 
El bolichero, que tenía unos 90 años, era como un padre para Rodo. Enseguida le preparó algo de comer y le insistió para que se quedara. Charlaron sobre viejos vecinos del pueblo que sólo Sepúlveda recordaba.
Eran las cinco de la tarde y el Sol ya comenzaba a caer hacia el horizonte cuando Rodo subió a su camioneta y volvió hacia el humilde puesto en el que vivía, en el campo de los Mendoza. 
Como le ocurría cada vez que se sentía melancólico, pensó que tal vez debería utilizar el dinero que tenía guardado en el banco para comprarse una casita en el pueblo. Quizá ya era tiempo de tener algo propio, pronto se jubilaría…
Al volver a pasar frente al campo de sus hermanos le llamó la atención que el auto de Juan aún estaba detenido frente a la tranquera, a unos metros de la ruta.
Otra vez su instinto le dijo que siguiera, pero detuvo la marcha. Era muy extraño que Juan no hubiera ingresado con el auto al campo. 
Rodo dio marcha atrás y estacionó junto al vehículo de su hermano. Luego bajó de la camioneta y se dirigió a la tranquera. Tal como él imaginaba, una cadena y un candado impedían abrirla. Por eso Juan había tenido que dejar el auto en la calle. 
Aún así no entendía por qué no había regresado con la llave y abierto la tranquera para llevar el auto hasta la casa. 
Rodo trató de recordar cuántas horas hacía que había pasado por allí hacia el pueblo. Si Juan iba a quedarse en el campo, como se suponía que haría tras la discusión con su esposa, ¿para qué había dejado el auto en la ruta? Ya era casi de noche y no era seguro dejar el vehículo allí.
Rodo pensó que Juan iba salir a buscar el coche y decidió esperarlo. No quería entrar él al campo, porque no quería ver a su primo.
El agua de la inundación había obligado a Nahuel Piedra, que habitualmente vivía en el puesto más cercano al arroyo, a mudarse a la casa.
Rodo sabía que eso sólo podía traer problemas, ya que Piedra era borracho y pendenciero y que no podía convivir con nadie.
Rodo, que era el más grande de los hermanos Felder, era el único que conocía bien la historia de Nahuel Piedra. Aún recordaba, como si hubiera ocurrido el día anterior, cuando el pequeño Nahuel se perdió y luego, cuando apareció flotando en el arroyo. 
Él estuvo allí junto a su padre y vio al niño muerto. Estaba seguro, como todos los que estuvieron aquella mañana en el arroyo, que Nahuel se había ahogado varios días antes y que desde entonces estuvo en el agua. 
Estaba seguro, como todos allí, que el cuerpo del niño salió a flote cuando los gases del cadáver lo sacaron a la superficie.
Por eso, cuando el pequeño despertó un rato después del hallazgo, como si sólo hubiera estado unos minutos en el agua, la mente de Rodo estuvo a punto de colapsar.
Si bien él logró recuperarse de la impresión,  su padre no, y enloqueció. 
Desde entonces, todos los que conocían a Nahuel Piedra comenzaron a llamarlo “el muerto”. Y comenzaron a temerle como lo que Rodo creía que realmente era: un muerto viviente.
Aunque con el paso de los años todos se acostumbraron de alguna forma a la presencia extraña de Nahuel Piedra, jamás llegaron a aceptarlo como a un semejante. 
Rodo y sus hermanos José, Abel y Juan, por respeto a la memoria de su padre, decidieron darle un lugar para vivir y trabajar. Si lo dejaban solo, Nahuel Piedra trabajaba bien. Sabía desempeñar cualquier tarea rural que lo mandaran a hacer.
Pensando en su primo, Rodo se durmió y despertó cuando ya el sol pintaba el horizonte, en la mañana del domingo.
Había dormido sentado en la camioneta y le dolía todo el cuerpo, pero al ver que el auto de su hermano Juan todavía estaba allí, Rodo se sobresaltó, como si le hubieran tirado un balde de agua fría.
Si bien Rodo era un hombre curtido, sintió que se le hacía un nudo en la garganta y tuvo unos deseos locos de huir de allí.
Así que puso en marcha la camioneta y aceleró a fondo. Se dirigió a toda prisa hacia el campo de los Mendoza. 
Cuando llegó, como era de esperar,  no  encontró a nadie. Se habían ido todos al pueblo y Rodo se encontró solo y sin saber qué hacer.
Estaba seguro de que algo malo había ocurrido en el campo de sus hermanos, pero no adivinaba qué.
Se subió al molino y trató de ver algo. El campo de los Mendoza estaba a unos 1.000 metros de distancia del de los Felder, así que podía ver claramente la casita de sus hermanos, pero Rodo ya no tenía la vista de cuando era joven. No distinguía nada.
Necesitaba prismáticos, pero no tenía. A menos que… Rodo miró hacia el caserón de los Mendoza y sintió un escalofrío.

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3 de mayo de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 6


Resumen:  Nahuel Piedra vive en un mundo en el que las pesadillas se mezclan con la realidad. Desde que cayó al arroyo, cuando era pequeño, todos le llaman "El muerto" (Lea el capítulo anterior)


No recordaba cuándo había visto por primera vez a la niña. Tampoco si la aparición de la indiecita había sido antes de comenzar a escuchar galopes fantasmagóricos y gritos aterradores por las noches, en medio de la oscuridad y la nada.
Pero sí recordaba que la aparición de la niña india fue más o menos en la misma época en que él se extravió en el campo y cayó al arroyo.
Aunque Nahuel Piedra nunca pudo saber muy bien por qué se extravió, ya que tampoco recordaba (o no quería recordar) lo ocurrido en el tiempo que estuvo desaparecido.
Sólo recordaba aquellas imágenes que se repetían en sus sueños una y otra vez: él caminando a través del arroyo, con el agua a la cintura y con la seguridad de que se caería y se ahogaría.
Había escuchado tantas veces a sus primos contar la historia de cómo él se había perdido y aparecido días después, flotando en el río, muerto, que sus recuerdos se confundían con lo que le contaron.
Pero lo de la indiecita era diferente. Nunca le dijo a nadie de ella y ahora, 40 años después de aquel incidente en el arroyo, volvía a verla. 
Las visiones comenzaron unos días antes de aquella mañana de abril de 1980 en que llegó la inundación. Nahuel sabía que aquello sólo podía significar una cosa: las pesadillas empeorarían y su vida se tornaría aún más insoportable.
Y no se equivocó, el día que llegó el agua, decidió dejar el puesto y dirigirse hacia la casa principal del campo, a orillas de la ruta, donde vivían sus primos José y Abel Felder.
Montó su viejo caballo y comenzó a orillar el arroyo, cuyo cauce desbordado parecía un río en algunos lugares.
Nahuel iba absorto en sus pensamientos cuando creyó ver algo extraño flotando en el arroyo. Al principio le pareció que se trataba de un tronco, pero luego la oscura y rara forma desapareció bajo la superficie.
Cuando el cuerpo reapareció estaba apenas a unos metros de la orilla y Nahuel sufrió tal impresión que por poco cae del caballo.
Pronto un olor nauseabundo golpeó el rostro del hombre, que debió taparse la boca y la nariz con la mano.
Si bien en ese momento el jinete no se dio cuenta, el caballo no se inmutó, lo que sin duda resultó tan o más perturbador que la aparición.
Aunque la primera reacción fue talonear al animal para huir de allí, como el caballo siguió al mismo paso, Nahuel sintió una morbosa curiosidad. Un instante después la necesidad de acercarse al río a ver el cuerpo fue más fuerte que el instinto de supervivencia.
En algún rincón de su mente sabía qué era lo que flotaba en el río, pero aquella tarde, la necesidad de ver nubló su entendimiento. Saltó del caballo en movimiento y corrió hacia la orilla.
Se metió al agua corriendo, como si en los últimos 44 años nunca le hubiera aterrorizado aquel maldito arroyo. El agua le llegaba a la cintura y sus botas se hundía en el barro del fondo cuando pudo acercarse lo suficiente a esa extraña cosa que flotaba en el agua.
Primero pensó que se trataba de una muñeca de madera, envuelta en un poncho. Flotaba boca abajo y los cabellos de la cabeza parecían reales.
Nahuel no dudó ni un instante, tomó el pequeño cuerpo y lo dio vuelta. 
Entonces recordó. Era algo que ya le había ocurrido antes. El miedo golpeó sus cuerpo con una oleada de adrenalina justo en el momento que vio el rostro suave y hermoso de la niña.
Fue en ese instante de parálisis que los ojos de la pequeña se abrieron. No tenían iris, los globos oculares eran completamente negros. Tan negros como el interior de la boca de la niña cuando se abrió para devorarlo...

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26 de abril de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 5


Resumen: Pedro Felder muere y se lleva una gran duda a la tumba  (Lee el capítulo anterior)


El agua estaba helada. Sintió como se le metía en las botas y le mojaba los pies. A medida que le empapaba las medias, parecía también meterse en su piel. 
Estaba todo muy oscuro y sabía que caminar por el arroyo era peligroso, pero no veía nada, no divisaba la orilla y temía que el siguiente paso lo llevara hacia lo profundo. Sintió que las suelas de las botas se pegaban al fondo y que comenzaba a hundirse en el barro.
El agua le llegaba a las rodillas y cuando intentó moverse, perdió el equilibrio. Las botas parecían clavadas en el fondo y cayó hacia adelante. Sus manos también se hundieron en el barro y se dio cuenta de que no podría levantarse.
Intentó contener la respiración, pero el agua parecía afilada y se le hundía en la carne. Pronto el dolor fue insoportable y Nahuel Piedra, a pesar de que sólo tenía cinco años, comprendió que moriría. 
Entonces dejó de luchar. Ya no sintió frío y la oscuridad le hizo perder la noción del tiempo.
Creyó que había muerto, pero el dolor en el pecho lo trajo de vuelta. No quería morir ahogado. Abrió los ojos y esperó ver a su tío, a su primo Rodo y al viejo Romero. 
Pero lo único que vio fue el techo de chapas de la casilla y la luz que entraba por las rendijas de la puerta. Ya no era un niño, habían pasado más de cuarenta años de aquel episodio, pero no dejaba de soñar que se ahogaba en las aguas del Colonquelú.
Alguna vez había estado a punto de enloquecer con esas pesadillas, pero el hombre es un animal de costumbres y Nahuel había terminado por acostumbrarse a sus malos sueños.
También se acostumbró a que muchos lo llamaran “El muerto”. Eran sólo palabras.
Sin embargo sabía que tanto las pesadillas como aquel seudónimo escondían una gran verdad: una parte de él murió en el arroyo Colonquelú cuando era niño y no sabía muy bien si ese pedazo de su alma simplemente desapareció o si algo lo había reemplazado.
La muerte no le asustaba, pero sí soñar casi todas las noches que moría. En la adolescencia descubrió que la mejor manera de evitar las pesadillas era emborracharse y eso lo había llevado al alcoholismo.
Si aquella extraña experiencia en el arroyo Colonquelú hacía que todos los que lo conocían lo miraran con desconfianza, sus problemas con la bebida no hicieron más que empeorar la situación.
Nahuel Piedra no tardó en darse cuenta de que peor que lo llamaran “el muerto”, era que le dijeran “el borracho”. 
No sólo su infancia fue traumática, también su adolescencia y se convirtió en un hombre agrio, que se enfurecía con facilidad y se emborrachaba aún más rápido. Era pendenciero y violento.
Sólo sus parientes le daban empleo y siempre lo mandaban a hacer aquellas tareas que nadie más realizaba. 
Sus primos siempre creyeron que Nahuel, que también era aficionado a las armas, terminaría por matarse, nunca creyeron que viviría tanto. Pero entre borracheras, peleas y pesadillas, su miserable vida pasó rápido, como un mal trago y aquella mañana de abril de 1980 Nahuel cayó en cuenta de que pronto cumpliría 50 años.
Y también comprendió que todo había sido inútil. No tenía mujer, hijos, casa, un buen trabajo, ni dinero. Peor aún, estaba seguro de que todos los que lo conocían apreciaban más a sus perros que a él.
Sin embargo, no era un hombre que sintiera lástima por nadie, menos por sí mismo. Cuando despertaba, cada mañana, sentía una especie de satisfacción al comprobar que seguía vivo. Como un condenado a muerte, sólo esperaba poder llegar vivo a la noche.
Nunca había tenido ambiciones, siempre fue un sobreviviente y ya era demasiado tarde para cambiar. 
Pero en aquella mañana de abril, Nahuel Piedra presintió que algo andaba mal.
Desde hacía unos meses vivía en el puesto más alejado del campo de su tío Pedro. En el lote que se encontraba junto al arroyo Colonquelú, muy cerca del puente donde ocurrió el accidente en el que murieron sus padres y donde él casi se ahogó cuando era un niño.
Desde el puesto, que no era más que una precaria habitación con paredes de mampostería y techo de chapa, se escuchaba el murmullo del agua del arroyo, pero sólo en los días de crecida. Sin embargo, aquella mañana el agua se escuchaba más cerca.
Nahuel dormía vestido, así que sólo tuvo que ponerse las botas al levantarse del catre y cuando abrió la puerta creyó estar dentro de una de sus pesadillas. El agua estaba a unos pocos metros del puesto. El arroyo parecía haber crecido hasta convertirse en un río enorme…
El agua había llegado durante la noche, mientras Nahuel dormía. Invadió la tierra lentamente, hasta cubrir gran parte del paisaje plano y agreste de la cuenca del Río Quequén, como siglos atrás, cuando aquello era un desierto.
Los hombres habían avanzado hasta allí en los últimos cien años con el arado y el ganado. También plantaron árboles y realizaron canalizaciones para poder irrigar la tierra en tiempos de sequía. 
Todo aquello modificó el ciclo del agua. Hasta antes de la llegada de los primeros colonos, en la Pampa sólo se veían pajonales y algún ombú. 
Los aborígenes, los primeros en deambular por aquellas tierras, nunca habían fijado residencia allí. Se movían con sus tolderías, no se quedaban quietos en la Pampa.  
Ellos, que conocían la historia de esas tierras, le llamaban aquellos parajes Huecubú Mapú, que en su lengua significaba "El país del diablo".  La extensión de aquel “país” era incierta. Algunos precisaban que aquella era la denominación de lo que hoy se conoce como Bahía Blanca, pero mapas del siglo XVIII muestran que se extendía hasta el Vulcán (hoy Balcarce) y Tandil.
Algunos aseguran que la denominación de “país del diablo” tenía que ver con el temor que los aborígenes le tenían a las ciénagas que circundaban a la primitiva ciudad de Bahía Blanca, pero la realidad es que, en lo que más tarde sería el territorio de la provincia de Buenos Aires, no se sabía en qué momento el agua podía llegar e inundar el campo y convertirlo en una ciénaga.
Los terratenientes que adquirieron aquellos campos a cambio de los servicios prestados en la guerra con el indio, poco sabían de los espíritus que habitaban el lugar.
No sabían que aquellas tierras se encontraban en uno de los lugares más estables del planeta, que las sierras que se veían a lo lejos se habían formado 2.500 millones de años antes y que los primeros hombres habían caminado por allí 10 siglos atrás.
Por ello es posible que los indios llamaran a aquellos parajes “El país del diablo”, porque estaban habitados por espíritus muy antiguos y tal vez malignos...

CONTINUARÁ (Lea el capítulo siguiente)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
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21 de abril de 2021

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Agua de muerto: Capítulo 4


Resumen: Tras perder a su hermana y su cuñado en el arroyo Colonquelú, Pedro Felder cree haber perdido también a su sobrino  (Lee el capítulo anterior)

Pedro Felder murió una mañana de 1947. Desde hacía tiempo sus hijos pensaban que había perdido la razón. A pesar de que sólo tenía 57 años al fallecer, parecía un anciano.
Su cabello se había encanecido prematuramente antes de cumplir los 40.
Cuando falleció su hermana Susana, en el año 36, Pedro se obsesionó con el cuidado de su sobrino Nahuel. Un año más tarde, cuando el pibe se perdió y lo encontraron a orilla del arroyo Colonquelú, Pedro entró en un estado de shock del cual no se recuperó jamás.
Había llegado a aquellos parajes allá por 1910 y consiguió trabajo como peón en un campo que era atravesado por el arroyo Colonquelú. Un día el dueño del campo decidió vender sus tierras y prácticamente las regaló a sus peones. Pedro no entendió entonces por qué aquel hombre estaba tan apurado por deshacerse de su campo. 
No le pareció extraño que con los escasos ahorros que tenía hubiera podido comprarse una buena fracción de aquellas tierras.  Pronto otros propietarios comenzaron también a vender sus campos. 
Pedro compró más lotes, también por unas sumas de dinero insignificantes. 
Solo años después comenzó a comprender la razón por la que nadie quería aquellos campos  junto al arroyo. 
A medida que su propiedad se agrandó, debió contratar peones, pero a pesar de que era muy buen patrón, ningún trabajador permanecía allí demasiado tiempo. Decían que por las noches escuchaban gritos y el galope de caballadas que nadie podía ver.
Poco después de la muerte de la esposa de Pedro, todo pareció comenzar a ir cada vez peor. Entonces recordó las palabras de un indio puelche que había conocido años antes. 
Fue cuando ocurrió el accidente en el que murieron su hermana Susana y su cuñado José. Y luego ocurrió lo de su sobrino Nahuel.
Pedro comenzó entonces con aquellas actitudes que llevaron a sus hijos a pensar que estaba loco: hablaba solo, se sobresaltaba por cualquier cosa y repetía que aquel lugar estaba maldito.
Cuando empezaba con aquellas historias del arroyo, la tierra, los indios y la maldición, lo dejaban solo. A pesar de ello, él seguía hablando durante largo rato, como si alguien pudiera escucharlo.
Tal vez nadie notó entonces que el tono de voz de Felder cambiaba al hablar de aquellas cosas. Que ya no parecía el hombre hosco que pasó toda su vida en el campo. Hasta desaparecía su acento campechano.
Quizás Nahuel Piedra fue el único en notar ese cambio y sintió miedo. Porque para él su tío Pedro era lo único que le quedaba. Tras la muerte de sus padres, nunca había encajado en la familia, por el único primo que sentía algo de aprecio era por el mayor: Rodo.
Era el único que después del incidente del arroyo siguió tratando a Nahuel como siempre. El resto de la familia comenzó a mirarlo con desconfianza e incluso con temor. Cuando no lo ignoraban, lo miraban como si fuera un zombie. 
En cada oportunidad que podían, se recordaban entre ellos que el pequeño Nahuel había estado casi una semana desaparecido y que cuando lo encontraron “estaba muerto”.
Si Pedro había enloquecido, como decían todos en la familia, Nahuel estaba solo. Porque esa “locura”, de la que hablaban, hacía que el tío lo mirara como todos los demás: con desconfianza, con miedo…
Nahuel escuchaba cuchichear a sus primos. Podía verlos de reojo, agazapados, hablándose al oído. No los escuchaba, pero sabía lo que decían: “Cuando lo encontraron estaba muerto”.
Unos días antes de morir, Pedro llamó a Nahuel y lo llevó a orillas del arroyo.
A medida que se acercaban al Colonquelú, Nahuel, que ya tenía 15 años, podía sentir la incomodidad de su tío.
La sola presencia de Nahuel parecía asustar a Pedro, pero al ver las aguas oscuras del río, el hombre comenzó a temblar...

CONTINUARÁ (Lea el siguiente capítulo)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra


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18 de abril de 2021

Admin

Agua de muerto: Capítulo 3


Resumen: Décadas después de la matanza de Colonquelú, una pareja muere en el arroyo Colonquelú y dejan a un niño huérfano (Lea el capítulo anterior)

Después de la conmoción que les provocó hallar el pequeño cuerpo del niño, lo sacaron del agua y lo dejaron en la orilla, boca abajo.
Estaban seguros de que estaba muerto y no querían ver su rostro descompuesto o devorado por los cangrejos.
El niño había desaparecido hacía siete días. En ese lapso nadie supo nada de él hasta aquella mañana, cuando el viejo Romero vio el cuerpo flotando en el arroyo.
Aquel hombre se había acostumbrado a la vida apacible del campo. En sus 60 años tuvo muy pocas emociones fuertes y el hallazgo del cuerpo del niño fue la más dura que le tocó vivir.
No se animó a sacarlo del agua. Taloneó a su vieja yegua y salió al galope hacia el caserío. En 10 minutos que le parecieron eternos llegó al almacén de ramos generales de don Sepúlveda. Allí había teléfono y llamaron de inmediato a la Policía.
Uno de los hijos del bolichero subió a su caballo y corrió a avisarle a la familia del niño.
Media hora después varios hombres llegaron al arroyo. El primero fue el oficial Salvatierra, en un móvil destartalado, desde el destacamento de Juan N. Fernández. Luego el viejo Romero, bajo un evidente estado de shock.
Después, en un auto, llegó Pedro Felder, tío del niño. El hombre no podía bajar del coche y tuvieron que ayudarlo y sostenerlo. Un año antes, su hermana Susana Felder y el esposo de ella, José Piedra, padres del pequeño, murieron ahogados en ese mismo arroyo.
Entonces, Pedro se había hecho cargo del niño, al que amaba tanto como a sus cuatro hijos.
El único que se animó a acercarse al arroyo fue el oficial Salvatierra. Era un hombre bajito, pero fornido. En sus años de policía había visto muchas muertes violentas, pero aquello era diferente, conocía al niño que flotaba en el agua.
Cuando se metió al arroyo y tomó el cuerpo, le llamó la atención lo liviano que era. Lo dejó en la orilla, boca abajo, porque no tuvo valor de darlo vuelta. No quería ver su pequeño rostro.
Todos estaban seguros de que estaba muerto. Desde que el viejo Romero lo había encontrado flotando en el arroyo ya había pasado más de media hora. Pero cuando todos estaban allí, sin saber qué hacer, vieron que debajo del cuerpo comenzó a formarse un charco de agua.
Salvatierra pensó que el cuerpo había estado mucho tiempo en el agua, por eso debía estar lleno de líquido. Sin embargo, estaba tan liviano. “Tal vez se ahogó hace muchos días”, pensó el milico.
Mientras, el tío del niño lloraba desconsolado, sostenido por uno de sus hijos.
“Primero tu mamá y ahora vos”, decía entre sollozos Pedro. 
El pequeño Nahuel sólo tenía cinco años cuando murieron sus padres a unos kilómetros de allí. El hombre pensó que aquello había sido demasiado para el chico.
“¿Por qué no me llevaste a mí, Dios mío?”, sollozó el hombre. A pesar de que aún le quedaban cuatro hijos, sintió que con la muerte del pequeño, su vida dejaba de tener sentido.
En parte era su culpa, porque siempre supo que aquella tierra estaba maldita, en especial aquel arroyo y, a pesar de todo, se había quedado a vivir allí. Si se hubiera ido, como lo pensó tantas veces, tal vez su hermana y su sobrino ahora estarían vivos.
El arroyo, que se llamaba Calaveras, por una matanza de indios que había hecho el Ejército antes de la Conquista del Desierto, tuvo otro nombre: Colonquelú. En araucano esa palabra significa “donde hubo otra muerte”.
Y el maldito arroyo se seguía cobrando vidas. Su hermana y su cuñado primero y luego su sobrino. Ahora entendía lo que hacía muchos años le había dicho un indio viejo que apareció en el pago.
Pasaron tantos años desde aquella charla, pero aún recordaba cada palabra.
Pedro Felder había nacido en Alemania en 1890 y venido a la Argentina cuando era niño. A los 20 años abandonó los negocios familiares para salir en busca de su propio destino en los campos del sudeste bonaerense.
En aquellos años los indios parecían haber desaparecido, por eso, cuando el viejo puelche llegó al puesto en el que Pedro trabajaba, una tarde de abril de 1910, los gauchos se asustaron, a pesar de que por su edad ninguno había vivido bajo el terror del malón.
El indio montaba un caballo flaco que parecía tan viejo como él. Tanto el animal como el jinete estaban untados en grasa, lo que generó la inmediata reacción de los perros y la huída de los caballos.
El viejo no llevaba más armas que un cuchillo y unas boleadoras. Se acercó al puesto a pedir agua. De los cuatro peones que estaban allí, el joven Pedro Felder fue el único que no pareció inquietarse. Tal vez los otros temían que el viejo tuviera alguna enfermedad o pensaron que ese indio huesudo y casi centenario iba a atacarlos.
O quizá fue porque Felder nunca había visto un indio y la curiosidad pudo más que el miedo. Si bien había nacido en Alemania, Pedro se sentía tan argentino como cualquier criollo. Por eso, a pesar de lo amenazante que podía parecer aquel huesudo habitante de las pampas, sintió inmediatamente un profundo respeto por el viejo.
“¿Tenés hambre, viejo? Aún nos quedan unos pedazo de asado del mediodía”, le dijo al insólito visitante. Mientras, los otros peones, comenzaron a retroceder lentamente hacia el rancho.
“¿El agua que toman es del pozo?”, dijo el viejo, señalando el jagüel.
Cuando Pedro asintió, el indio le pidió agua.
La edad de aquel hombre era incierta. En la cara morena y arrugada, resaltaban unos ojos pequeños y brillosos. Tenía el pelo largo y blanco. El cuerpo flaco estaba cubierto con un cuero y llevaba un chiripá deshilachado.
Los dedos de los pies se podían ver a través de unas improvisadas botas de cuero de vaca.
Pedro le alcanzó un jarro con agua y entonces el viejo dijo:
“M’hijo, nunca tomes agua del arroyo, está maldito, como todo este lugar”.
Felder no entendió entonces lo que el indio le decía. Había escuchado que Colonquelú significaba “otra muerte” en algún dialecto aborigen y también que en aquel lugar se produjo una gran matanza durante la guerra del desierto.
“Esta tierra es muy vieja. Antes que la gente caminara por este país, vivían aquí espíritus malos”, dijo el indio. “Y aún están aquí. En el agua y en las piedras”.
Un escalofrío recorrió el espinazo de Felder. Ya no sentía interés en aquel viejo ni en nada que tuviera que ver con los indios.
Pero nunca pudo olvidar aquellas pocas palabras. Años después supo que aquel indio era uno de los pocos sobrevivientes de la raza de los puelches o pampas serranos, los indios que vivían en la provincia de Buenos Aires antes de las invasiones de las tribus chilenas mapuches que masacraron a los pueblos originarios y luego le hicieron la guerra a los primeros colonos y al Ejército argentino.
Aquella tierra estaba maldita y Pedro Felder recién comprendió la verdad de esa afirmación tras la muerte de su hermana y la desaparición de su sobrino.
Hasta la desaparición del niño, siete días antes, Pedro pensó que ya había sido suficiente, que los antiguos espíritus no podía seguir ensañándose con su familia.
Se había equivocado y ahora el cuerpo de Nahuelito yacía inerte, junto a las aguas del Colonquelú.
Entonces escuchó la exclamación de terror del viejo Romero: “¡Estaba muerto, estaba muerto!”.
Miro hacia la orilla del arroyo y vio que el cuerpo del pequeño se retorcía en una convulsión. Nadie se animó a acercarse.
Se escuchó entonces una tos seca y el niño se volteó, justo a tiempo para que los hombres vieran cuando un pequeño cangrejo del arroyo salía de su boca.
Al ver el insecto, el pequeño pareció despertar de un sueño y comenzó a gritar enloquecido. 

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra



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Agua de muerto: Capítulo 2


Resumen: Varias décadas después de la matanza de indios en el arroyo Colonquelú... (Lee el capítulo anterior)


A veces la muerte nos sorprende. Cuando Susana y José salieron aquella mañana de casa, luego de darle un beso a su hijo Nahuel, que aún dormía, no sabían que no volverían a verlo, que esa noche morirían.
Era la primera vez, desde el nacimiento del niño, que el matrimonio viajaba solo. Por eso decidieron salir temprano, mientras el pequeño dormía, porque si no, él no los dejaría ir, deberían llevarlo. 
Pedro, el hermano de Susana, insistió en que lo dejaran. Cuidar a su sobrino era lo mínimo que podía hacer por su hermana, ya que cuando Pedro quedó viudo, ella se había hecho cargo de sus hijos.
Susana Felder era una muchacha rubia y de ojos celestes muy claros. Si bien su rostro era muy bello,  era muy delgada, lo que hacía que la ropa siempre le quedara holgada.
A pesar de la dureza de su figura huesuda, Susana era una mujer extremadamente dulce, que iluminaba todo el entorno con su alegría y bondad.
A diferencia de su hermano Pedro, que había nacido en Alemania, Susana era argentina y siempre le molestó que le dijeran “la rusita” o “la gringa”.
Aunque en la casa paterna siempre se habló alemán y español y ella comprendía a la perfección la lengua sajona,  nunca utilizaba el idioma de sus padres porque le parecía una falta de respeto hablarlo delante de otras personas que no lo entendían.
Si bien creció en la ciudad, cuando su hermano Pedro quedó viudo, ella no dudó en trasladarse al campo para cuidar de sus sobrinos.
Fue tía y madre y descubrió que el campo era un lugar afín a su espíritu sereno e introvertido. 
Pasaron los años y parecía que Susana se quedaría soltera y que los hijos de su hermano colmaban sus instintos maternales, pero entonces conoció a José Piedra.
Él era la antítesis de ella. Era morocho, con una ligera tendencia a engordar y si bien tenía la misma estatura que Susana, parecía más bajo.
Difícilmente alguien creería que aquel hombre con claras ascendencias aborígenes pudiera tener algo que atrajera a Susana. Sin embargo, a pesar de ser en apariencia tan diferentes, se atrajeron inmediatamente. 
El mismo día que se conocieron, ambos tuvieron la certeza, en lo más íntimo de su ser,  de que eran el uno para el otro y que desde ese momento sus vidas ya no tendrían sentido si no estaban juntos.
Sólo por conservar las apariencias se casaron un año más tarde.
Juntos se sentían invencibles. Y aquella mañana, al salir de la casa, se tomaron de la mano y fue como la primera vez que se tocaron, seis años antes en un baile del club de la Colonia Colonquelú.
Subieron al auto y entre risas se dirigieron al polvoriento camino que los llevaría hacia Benito Juárez. José aún conservaba el Chevrolet 1926 que había comprado nuevo 10 años antes. Iban a visitar a unos parientes de Susana, unos primos muy queridos que en realidad la amaban como a una hermana.
A pesar de lo accidentado del camino, los sesenta minutos de viaje pasaron volando. 
Los primos de Susana los recibieron como si hubieran pasado siglos desde la última vez que se vieron. Comieron entre risas, bajo un parral y luego disfrutaron del sol de la tarde.
Tomaron mate y hablaron de todo. Recordaron viejas anécdotas familiares y se pusieron al día sobre los últimos chimentos de parientes y vecinos. 
Aquel día fue casi perfecto y antes de que se dieran cuenta, se hizo de noche.
De pronto el rostro de ella pareció transformarse.
 —Tenemos que irnos— le dijo a José. —Nahuel nos espera.
Si bien los primos trataron de convencerlos para que se quedaran a pasar la noche, ambos se resistieron. Aunque no lo sabían, sentían lo mismo: una necesidad enfermiza de ver a su hijo.
Cuando subieron al auto, la luna llena iluminaba todo el campo. Aunque debían recorrer unos 50 kilómetros por caminos de tierra,  José conocía aquellos parajes a la perfección y confiaba ciegamente en su coche.
En los primeros 30 kilómetros de viaje, a través de un campo iluminado por la luna, nada les hizo sospechar lo que les deparaba el camino. Pero de pronto comenzaron a aparecer nubes y en unos minutos se encontraron rodeados de oscuridad. 
A unos 15 kilómetros del destino, comenzó a llover y pronto la visibilidad era prácticamente nula. 
Los faros del auto sólo alumbraban la cortina de agua. José adivinaba más que veía el camino, que debido a la intensidad de la lluvia, no alcanzaba a absorber el chaparrón.
Los angostos neumáticos del vehículo comenzaron a enterrarse en el barro y José debió reducir la velocidad a paso de hombre para no perder el control.
Fue en ese momento que una idea aterradora cruzó por la mente de José. ¿Y si morimos, qué pasará con Nahuel? José sólo tenía 35 años. 
Toda su vida la había pasado en esa región, conocía los caminos de memoria y podría haber manejado por aquel lugar con los ojos cerrados. Desde allí hasta la chacra donde vivía con Susana y Nahuel, el camino era recto.
Sólo debía mantener el auto por el medio del camino, tratar de no ir a parar a la banquina, donde seguramente quedaría encajado, y luego cruzar el puente que se encontraba a unos 1.000 metros de allí.
Otros cinco kilómetros y llegarían a la casa. Pero por alguna razón tenía miedo.  Miró a Susana, que como toda mujer de campo no temía a las tormentas ni a la oscuridad. Pero aquella noche ella parecía más asustada que él.
—¿Y si nos detenemos y esperamos que pase la tormenta?— gritó José por sobre el ruido de la lluvia golpeando el techo de chapa del auto y por sobre los truenos que se escuchaban a lo lejos.
—No, falta muy poco. Llegaremos en menos de media hora— contestó ella. —Nahuelito debe estar muy asustado.
El niño sentía terror los días de tormenta, no soportaba los truenos y le espantaba la oscuridad. Debía dormir con una luz encendida, porque si se despertaba de noche en medio de las tinieblas, parecía enloquecer. Gritaba, lloraba, pataleaba y en algunas ocasiones había quedado en estado catatónico.
Ni Susana ni José sabían qué hacer en aquellas condiciones. Por eso, aquella noche, en medio de la tormenta, sintieron más miedo por su hijo que por ellos mismos.
De pronto José sintió mucho frío. Se encorvó para tratar de ver mejor, pero era poco lo que se divisaba más allá del parabrisas. Debía adivinar lo que los faros del auto alumbraban.
En determinado momento creyó ver junto al camino una mancha blanca. Pensó que era el cartel que indicaba que el puente se encontraba a unos 50 metros.
Avanzó confiado. Esperaba sentir el auto afirmarse sobre el asfalto del puente. Pero seguían avanzando entre tumbos y no llegaban al terraplén.
—¿Dónde estamos?— susurró José.
Entonces vio la baranda del puente a solo unos metros de la trompa del auto. Clavó los frenos para no embestirla, pero el coche patinó y se puso de costado. En un instante en que el tiempo pareció detenerse, José comprendió que chocaría contra la baranda y que la estructura impactaría contra la puerta de su lado. Supo que tal vez el golpe lo mataría, pero no pudo hacer nada. 
Escuchó el estruendo de la puerta al partirse al medio y el estallido del cristal de la ventanilla. Sintió la astillas de vidrio penetrando en su rostro. Un dolor lacerante lo golpeó en el hombro y lo arrojó contra Susana. Entre todos los ruidos, escuchó el alarido de su mujer.
Pese a la confusión y el dolor, José no perdió el sentido de la orientación y notó que el coche volvía a girar y comenzaba a caer. 
Comprendió que si no morían por los golpes, terminarían ahogados en las aguas del arroyo, que en aquel lugar era bastante profundo.
El auto dio unos tumbos cuesta abajo y cayó al arroyo. 
En la oscuridad escuchó los borbotones del agua entrando a la cabina del vehículo y también un sonido extraño, que luego reconoció como la voz de Susana. Era como un estertor. No podía verla, pero sabía que estaba mal herida y que no podía hablar.
Como pudo se movió hacia ella e intentó abrazarla, pero su cuerpo era como una masa sin forma. 
En las tinieblas y a pesar de que las fuerzas lo abandonaban, José buscó la puerta para salir del auto. Comprendía que no tenían posibilidades de salir de allí con vida, pero por otro lado quería sobrevivir, por su hijo. Al menos debía hacer el intento.
De pronto el agua comenzó a iluminarse, como si hubiera pasado la tormenta y otra vez la luna alumbrara el campo con su luz plateada. 
Mientras con todas sus fuerzas José intentaba abrir la puerta del lado del acompañante, vio el lecho del arroyo. No había barro ni piedras, el fondo parecía tapizado de calaveras.

CONTINUARÁ (Lea el siguiente capítulo)

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©  Juan José Flores, 2021
Esta es una ficción. Cualquier similitud entre los personajes y personas reales es pura coincidencia. Esta novela se publicó originalmente como “Horror en Colonquelú” en 2016. Se publica ahora bajo el título “Agua de muerto” exclusivamente en juanjoseflores.com. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

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